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domingo, 17 de mayo de 2009

Dieciocho

Es curioso. Supongo que ahora sé por qué tenemos dos brazos en lugar de uno, entiendo por qué a veces es necesario beber y puede que hasta empiece a hacerlo cada vez que quiera escaparme para perderme en una dimensión paralela.
Cuando cumplí dieciocho sentía tal horror por todo lo que me rodeaba, me aborrecía tanto, que no quería cumplir años nunca más. Todo lo que recuerdo de ese día es una foto absurda que mi madre se empeñó en hacerme, con un pantalón blanco y una rebeca roja, con la piel blanca y los labios rojos, con el pelo recogido y la mirada seca. Había vivido una adolescencia revuelta, me había dedicado a andar con la cabeza hacia abajo y a acariciar todo aquello que me alejara de lo que era. Llegaron los dieciocho y sentí un desconcierto tal que inventé todas las formas posibles de odiarme. Como siempre que me propongo destruir algo, lo conseguí.
Han pasado diez años y no sé si ese 99 aún me duele como un puñal atravesado o si, simplemente, ese dolor es el que se siente cuando te sacas poco a poco algo que tienes dentro. Lo cierto es que el recuerdo de esa época me transporta a un estado de semiinconsciencia con el que no puedo lidiar.
He cumplido veintiocho y los he celebrado como si fueran los alegres dieciocho que nunca tuve, viendo las cosas desde fuera, saliéndome de mi propio cuerpo, perdiendo capacidad autocrítica, observándolo todo como a través de una ventana, buscando la inocencia que dios sabe en qué momento decidí sustituir por cualquier cualidad nociva y peligrosa.
Y aquí reposo, 3 días después, acercando mi nariz a mi piel para darme cuenta de que vuelvo a oler como un espíritu adolescente.

martes, 24 de marzo de 2009

Plagios, mentiras y semanas sin follar

Hace tres semanas que no follo.
Ése iba a ser el principio del último post que me andaba por la cabeza, hasta que leí el de David y decidí que no podía empezar casi de la misma manera en la misma semana. Hoy, mientras iba acompañada de una casualidad de las mías, me lo he encontrado en la plaza de la Paja y le he contado la coincidencia. Me ha mirado divertido y ha dicho plágiame. Eso me ha dicho, que le plagiara, y eso hago: mantener la frase que tenía en la cabeza a la vez que él.

Quizás realmente haga tiempo que él no folle, puede que incluso yo también lleve semanas sin follar, pero eso de lo de menos. Lo que cuenta es que los dos teníamos la misma frase en la cabeza, que hoy me ha dado permiso con su acento gallego para contar mi historia de no-sexo y que la primavera nos hace pensar en si follamos o no follamos, o si follamos y bien, gracias, o si follamos esperando mejorar nuestra vida sentimental.

Lo que iba a contaros es que hace tres semanas que no follo -en caso de que algo de lo que cuente aquí sea verdad- y que eso me crea aprensión.

Contando que esta vida que aquí os cuento sea una vida y no un invento, hace tres semanas que no follo porque la agenda se me acabó. Repasé los años que os contaba el otro día y me tiré a gran parte de mi calendario personal; el que es como un biólogo se recluyó en esa casa que nunca conocí y el que jamás se quedaba a dormir cerró nuestra historia-segunda-parte delante de un big mac sin pepinillo, diciendo que no quería confundir los términos y que a mí empezaban a brillarme demasiado los ojos. Resulta que come basura, pero es sensible. Los demás encuentran excusas como puños cada vez que me llaman.

Hace un par de meses conocí a unos chicos encantadores con los que salgo a menudo. Realmente encantadores, tanto que me da como pena tirármelos. Sí, como pena, pena de esa que hace que no abras una caja de bombones porque queda bien en la mesa y, claro, la perfección intacta sobre el aparador siempre hace bonito.

Ahora resulta que con el beneplácito de David ya puedo contaros esa historia de que cada vez follo menos, pero ya no quiero, porque resulta que empiezo a tener sueño y ganas de contaros que hoy me dije que me aburría y que tenía que pasarme algo y no sé si pasó algo pero, desde luego, algo pasó.

Otro día, quizás, os cuente esa otra mentira.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Atrás

Se cansó de tanto presente sin frutos, de no encontrar lo que buscaba, de su casa vacía, de no conocer nada mejor y echó la vista atrás.
Ha recuperado el pasado e igual se acuesta en verano de 2006 que se despierta en febrero de 2001 y estudia el paso del tiempo en aquellos cuerpos menos jóvenes pero siempre conocidos, algunos mal envejecidos aunque con el aliciente de los años que dan a los hombres ese punto interesante.
Recordó sin querer cómo uno siempre la tocaba como un médico y no como un amante cuando le sujetaba el codo o la cogía por la pantorrilla, cómo la miraba con la curiosidad de un biólogo. Se ha dado cuenta de que otro sigue usando el mismo detergente que cuando vivía con su madre, tanto tiempo atrás, y es el mismo que nunca se quedaba a pasar la noche, sino que se iba en cuanto ella cerraba los ojos.
Ciertas cosas que dormían en algún lugar de su memoria, alguien se ha encargado de recuperarlas. Como hace poco que, frente al espejo del baño, uno le dijo: "A menudo recuerdo la mañana en que me lavaste el pelo bajo la ducha y luego me lo cepillaste".
Más de uno le ha dicho últimamente que se le ha puesto cuerpo de mujer, y ella no entiende por qué antes no lo tenía de mujer o por qué aún no puede tenerlo de niña.
Y entonces le vuelve el peso del paso del tiempo y el peso del paso de la soledad que vino para quedarse y alguien pasa por su casa y se toma un té cuando antes tomaba latas y latas de cerveza y le dice que aquella planta era pequeñita y que ella aún llevaba el pelo largo y que cada vez es más tímida, pero mírame, coño, que parece mentira...
Y ella a veces llora cuando se levanta con ellos porque siente que no es capaz de crearse un futuro, sino que recupera pasados y se inventa presentes y dibuja historias que parecen un collage de guardería, hecho por la impulsividad de un niño, pero a sus años ya no, hostias, ya no.
Y compara sus vidas con otras y entonces siente un pinchazo y ve que no hay nada mejor que pueda hacer y coge el teléfono y busca en la agenda a esa persona que conoció cuando aún iba a la universidad y le llama y le dice peli, y sólo con eso, con decir peli, se está vendiendo al pasado y cuando cuelga dice mierda. Pero cuando dice mierda no se está arrepintiendo sino que está pensando que en el pasado se está calentito, que es una especie de madriguera, un refugio, una guarida menos peligrosa que el presente. Vuelve a decir mierda pero se perdona a sí misma porque con ése al que le dice peli no hace falta depilarse y ella siente que se expone mucho menos que en el presente inhóspito.
Y le va dando mordiscos al pasado, sin garantías, sin ganas, sin prisa, sin dejar de mirar hacia abajo cuando él o él o él le da un beso y se va.

jueves, 12 de febrero de 2009

Amigos y amantes

Los amigos tienen que ser pesados como rocas, viejos como montañas, insistentes como una madre. Los amigos han de sorprenderte una tarde llenándote el buzón con las canciones que les gustan, compartiendo citas que les recuerdan a ti, mandándote mensajes en clave de pasado. Los amigos están siempre presentes, como en una foto enmarcada. Me gustan los amigos que saben a Marylin Manson y a conciertos y a brisa. A ropa antigua, a plata sucia.

Los amantes tienen que ser livianos como la primera tarde juntos, deben pasar de puntillas por tu espalda estremecida y amortiguar cada gemido con la inicial desconfianza.

Su mirada ha de ser desconcertante, para que nunca podamos adivinarles. Los amantes viven en mundos mágicos de los que poco se sabe. Los amantes son gatos huidizos en lugar de perros fieles.

Los amantes deben tener siempre la piel tibia y cicatrices en algún lugar extraño. Tienen que tener manos rápidas y besarte a medias. Los amantes no explican, cuentan historias ligeras. Los amantes saben a té oriental de fondo amargo, como de cardamomo.

Los amantes son un baño en un mar frío en el que paralizarte y perderte. Los amantes convierten las camas en lechos de nieve donde estremecerse hasta olvidar el sentido de la realidad. Los amantes te transportan con su tibieza a un país donde siempre es invierno.

Los amantes son amantes cuando, a la mañana siguiente, los sientes enredados en tu pelo, dormidos en tu estómago, y te das cuenta de ese sabor a sal en los labios, ese regusto a hierro en el paladar.

lunes, 6 de octubre de 2008

Sosa cáustica

He jugado a ser el hombre de la casa y he decidido paliar el atasco de mi ducha. Ha sido el segundo intento, ya que el primero -acabado en fracaso y en el pensamiento de mecagoenlaempancipacióndelamujer- consistió en sacar con un alambre la bola de pelos y demás cochinadas que habían creado un ecosistema en la tubería. Después de que la ducha siguiera igual de taponada, decidí tomármelo más en serio y acudir a elementos químicos de nombres esdrújulos que nunca fallan y suenan a corrosivos y peligrosos: ayer conocí la sosa cáustica arrodillada ante un estante de Mercadona.

Me llevé aquel kilo de preparado del que sólo iba a necesitar una cucharada y pude leer con asombro que la sosa cáustica también sirve para preparar aceitunas, algo que me hizo sentir un escalofrío: lo que va a cargarse el submundo de mi plato de ducha me lo trago con las olivas que ponen cuando pido una clara en La Latina.

El caso es que esta mañana cogí un destornillador para desenroscar -con bastante dificultad- la cosa ésa metálica y vertí diligentemente y con poca fe la sosa cáustica en el sumidero. Cuando me duché no me lo podía creer: mi ducha había vuelto a ser una ducha sin características piscinales.

Quedé tan contenta del resultado que llené otro tapón con la sosa y me lo acerqué a los labios -al fin y al cabo, he comido muchas aceitunas en mi vida-, pero lo pensé mejor y añadí unos chorritos de: crema anticelulítica, crema antiestrías, crema de día, crema de noche, crema de cuerpo, colágeno para el pelo, exfoliante, contorno de ojos y enjuague bucal. Entonces sí, abrí la boca y me tragué la fórmula improvisada.

Cuando me di cuenta de que la ingesta del producto estaba contraindicada, llamé al 112. En el hospital consideraron que estoy perfectamente y que no necesito lavado de estómago. Al parecer la sosa cáustica me ha desatascado, tal y como pretendía, y ahora soy una persona nueva de aspecto radiante y sin celulitis en el culo. El único problema es que no sé que hacer con tanta claridad en la laringe y unas tetas tan turgentes y echo de menos el atasco interno de ayer y anteayer, etc. Una le coge cariño a sus fantasmas y a su piel de naranja.

En fin, da igual; ahora que ya he descubierto cómo combatirlos y que sé que me quedan 973 gramos de sosa cáustica en la cocina, pueden volver cuando quieran. Ya no les temo.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Impar

Llevo 24 minutos delante de este hueco blanco y no sé qué contar para rellenarlo. He perdido la palabra.
Podría intentar describir la sensación que me ha producido el que Carlos hace un rato me haya dicho que me veía de muy buen humor y que se notaba que estaba especialmente bien, pero también podría dejar esto en blanco e irme a la cama a disfrutar del otoño bajo el peso el edredón.

Me fastidia haber perdido el hábito y no escribir tanto como hace unos meses; me jode mucho saber que este post carecerá del comentario del comentarista que (casi) siempre comenta y más me jode el porqué de esa ausencia (temporal). Este post va a quedar desordenado y me da igual: una no puede seguir siempre un hilo inexistente, máxime cuando la maraña es voluntaria.

He cocinado por primera vez cebolla caramelizada. Me ha dado rabia no haber descubierto antes lo fácil que es hacer algo tan rico. Es como cuando eres feliz y te dices: "si no costaba tanto". La felicidad es un estado de ánimo, un día concreto, una hora determinada. A mí me hace feliz cocinar para mis amigos o comer queso. Ir al mercado a comprar aguacates y setas y que me regalen el perejil. Sé que eso no es la felicidad, pero se le debe de parecer bastante.

Me resulta extraño ser el número impar en todas las citas de últimamente, ese maldito 3 o 5 o 9 que sumo junto a esa pareja o esas dos parejas o esas cuatro parejas. Soy el número asonante que no rima con nada, si no de qué iba a mantenerme siempre impar. Si no de qué iba a estar yo aquí un viernes por la noche, vestida con un vestido raro de color negro lleno de pelos de amor de gata impar a su dueña impar.

Definitivamente, me voy a la cama de plazas pares a soñar sueños de rima fácil y a crear versos de estilo libre y a dejar que mi gata me clave ligeramente las uñas mientras duerme y a oír en mi cabeza Hysteria. Lo de escribir cosas decentes para que ustedes entiendan algo, puede esperar.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Un pez rojo

Cuando me planto delante del recuadrito vacío en el que se supone que tengo que escribir el texto que quiero colgar en mi blog, la rayita vertical del cursor parpadea insistentemente. Cada vez que estoy plantada en mi sofá, el silencio de la casa pone en evidencia el tic tac del reloj de pared, que suena igual que aparece el cursor: absurdo, cansino, impertinente.

Supongo que lo más absurdo de todo lo que me rodea soy yo en pijama mandando currículos por internet, respondiendo a cuestionarios sobre por qué soy la candidata idónea y qué me parece cobrar 15.000 euros brutos al año: pues una puta mierda, ¿qué me va a parecer?

Espero el momento en el que alguien le eche un par de huevos y me llame para decirme expresamente que me meta mi dignidad por el culo y vaya a la entrevista con los pantalones en la mano -por eso siempre voy con vestido, para no tener que bajármelos-. El caso es que el verano ya se va, cosa que agradezco infinitamente porque no puedo con tanto color fucsia y tanta isla paradisiaca y tanta chancla y tanto buen rollo y tanta wayfarer blanca y tanta crisis que sí que no y tanta psicosis con los aviones.
El polisíndeton demuestra mi desidia. La desidia me ahoga y me deja sin aire, como si fuera un pez rojo boqueando; uno de tantos, de esos que ganas en la feria, de esos que olvidas en la pecera después de dos días, de esos que se van por el retrete, como el de Amelie, camino a ninguna parte. Me iría a ninguna parte si supiera dónde queda eso, pero nadie me lo ha contado, así que me quedo dando vueltas en la pecera.

lunes, 18 de agosto de 2008

La vida de los otros

Conozco a Laura desde que yo tenía un año y ella ocho. La estrecha relación de nuestros padres y la proximidad de nuestras casas -entonces y casualmente ahora- nos han convertido en primas putativas.
Su novio, Jordi, que estos días descansa en su tierra, escribe a altas horas en su blog y cuando llego a casa tarde, mientras meto la llave en mi portal, giro la cabeza a la derecha y le suelo ver escribiendo en el ordenador a través de su indiscreto balcón.
Ayer Laura me propuso un plan: "a las 15:30 debajo de mi casa en vaqueros y zapatillas". ¿Vaqueros en verano? Vale. Recordé cuando su padre me decía de niña la ropa que tenía que preparar y la hora a la que me recogería mientras el plan se mantenía en secreto... Al minuto de tocarle al timbre bajó con sus perros, nos metió a los tres en su coche y nos soltó en la Casa de Campo para que corriéramos y descansáramos a la sombra de los árboles. "En otoño Jordi y yo veníamos aquí cada día". Me señaló el árbol que tenía que abrazar para que se llevara todo lo malo y volvimos a su casa.
Me preparó un té bajo en teína -un té en verano- y me senté en el indiscreto balcón, delante del ordenador. Leí el último post de Jordi sentada en su silla -demasiado alta, alguien tenía que haberla descolocado- y la foto que lo ilustraba mostraba el girasol que pude ver a mi izquierda. Ante nosotras, algunos hombres desmontaban el escenario del que él hablaba en ese mismo post y Laura y yo dábamos gracias de que las fiestas acabaran y, por fin, fuésemos a ser capaces de dormir de nuevo.
De vuelta a casa y contenta por el paseo y la compañía, me sentí un poco como aquel espía de la maravillosa peli que da título a este post, viviendo la vida de otros. Y llegué a la conclusión que en la vida de los otros encuentras ejemplos para tu vida, deseos. En este caso pude ver qué es lo que une a dos personas, aunque sólo una de ellas estuviera presente.
Muchas veces me ocurre algo parecido: veo en las historias ajenas cualidades que admiro, por las que siento verdadera envidia sana. Me pasa con la capacidad de H de lograr lo que se propone, la frescura de Bea, la tenacidad de Cris, el sentido del humor de Dani V, las ganas que le pone a todo Dani D, la fortaleza de Aday, la risa de Nano, la creatividad de Edel, la templanza de Carlitos Alegre. La vida de esos otros, aquéllos a los que quiero, me da la vida y me da las ganas. Esta noche prefiero que la vivan ellos por mí, pero prometo que mañana volveré y, desde sus vidas, le daré más razón de ser a la mía y dejaré de preguntarme a qué he venido.

miércoles, 16 de julio de 2008

Un día en mi pasado

Ayer por la mañana fui con mi madre andando al supermercado de toda la vida. Bajamos la cuesta de cuyas paredes yo cogía caracoles con mi abuela, pasamos por las escaleras en las que quedaba con mis ligues de adolescente, por el solar al que iba a coger rosas silvestres.

En el súper vi cómo los estantes siguen dispuestos de la misma manera que hace 12 años, aunque los productos hayan cambiado y las marcas locales hayan ido desapareciedo (creo que lo llaman globalización). Allí nos encontramos con la vecina que ahora tiene esa cruel enfermedad llamada Alzheimer y pude ver cómo sus manos eran idénticas a las de su madre a la que yo iba a visitar cada domingo -en su casa me enteré de la muerte de Dalí cuando aún no había cumplido los ocho y me impactaron aquellos lienzos que aparecían en la pantalla- y que murió con unos 96 años.

Por la tarde di un paseo por la playa de Las Canteras y cada esquina era un recuerdo: la farola que servía de punto de encuentro en aquel 95 en el que todas las tardes me reunía con un grupo sólo de chicos, el concierto en la arena -Sonic Youth- donde probé el alcohol por primera vez, el bar gótico hoy convertido en pizzería, las hogueras de San Juan...

Por la noche salimos a cenar para celebrar el 13 cumpleaños de mi sobrino. El restaurante era nuevo para mí, el aire acondicionado estaba demasiado fuerte y la conversación giró en torno al viaje de mi hermano a Pamplona con motivo de los sanfermines. Ya conocéis mi postura sobre los espectáculos taurinos, pero lo que no sabéis es que mi familia tiene ideas opuestas a las mías. Mantuve mi silencio hasta que salió el tema de los antitaurinos, piojosos y porreros todos; me di por aludida y defendí la postura de los que estamos en contra.

Lo cierto es que ayer me di cuenta de que todo cambia, pero sólo por fuera: en esa cuesta ya no hay caracoles, ya no crecen rosas en ese solar hoy vallado y los conciertos y hogueras en la playa están ahora prohibidos, pero si te fijas bien, siempre puedes entrever la antigua realidad.

Y es que cuando era adolescente me decían que cambiaría, que mi actitud ante la Iglesia o los animales, por ejemplo, era pura rebeldía, que no sería así toda la vida. Yo ya no visto de negro ni llevo el pelo violeta, pero sigo teniendo los mismos ideales. Quizás sea una muestra de inmadurez o de utópica fantasía, pero no creo. Sigo pensando que durante estos años no he hecho más que cultivar unas ideas que considero inherentes a mi persona. Y hoy no soy rebelde, sino inconformista. Soy una aspirante a luchadora, desde detrás de una pantalla o desde una calle abarrotada de gente con pancartas. Y tecleo esto con los pies: con una mano me lío un porro y con la otra me quito los piojos.

martes, 15 de julio de 2008

Señales (sin puntos)

Hace un par de semanas, en plena crisis en la que me planteaba mi futuro, después de bruscos acontecimientos que me dejaron en la estacada y a la vez me gritaban que diese un giro a mi existencia, iba andando por San Vicente Ferrer con la linda Luci hablando de qué coño hacer con nuestra vida con el acento gallego que ella siempre me pega, rebosante de empatía y de amor como es, camino a una galería de ¿arte? que nos podíamos haber ahorrado o quizás no porque cuando nos pudimos descojonar de aquello, lo hicimos (a mí casi se me escapa la risa in situ mientras el ¿artista? nos explicaba la penosa obra) cuando oímos el minuto uno dieciséis segundos de Creep, justo la frase I don't belong here, esa maravillosa canción cuyas notas salían de una casa y me decían que no pertenecía a ese sitio, que me fuera, que me fuera, y en eso estábamos Luci y yo, que nos mirábamos pensando si era una señal o si las señales no existen o si era sólo una canción que siempre nos ha tocado dentro y que, casualmente y sólo casualmente, la muy perra sonaba justo en ese momento en el que hablábamos de qué hacer, y suena para revolvernos a las dos, que sin decírnoslo decidimos seguir cantándola y nos mirábamos y mierda mierda mierda qué jodida es la vida y qué pequeñas somos y qué puto calor hace y no quiero poner puntos en este puto post porque para puntos las comas y dios mío qué agonía qué agonía y dios mío

lunes, 14 de julio de 2008

Memoria selectiva

Cuando me imagino la memoria veo un nido tejido con hilo blanco. La acción de recordar la visualizo como arañas que van trepando por mi columna hacia mi cabeza, donde está su nido.
Las arañas son mi única fobia: su visión me paraliza, hace que me entren palpitaciones, sudores y que me ponga a llorar.

La memoria es un nido blanco de arañas negras.

Sin embargo, la memoria tiene su propia mente, una mente de mujer. La memoria selectiva, escoge qué recuerdos esconder y cuáles potenciar. La memoria selectiva, en teoría, está ahí para hacernos un favor, para ocultar entre la madeja los recuerdos que nos pueden hacer sufrir. La memoria selectiva no tiene en cuenta que ciertos recuerdos son útiles y necesarios para avanzar en la vida, para no golpearte dos -y tres y siete y venticuatro- veces con la misma piedra.

Cuando vuelves a sufrir arrodillado frente a la misma piedra de tantas otras veces, eres consciente de que la memoria selectiva es un invento de cobardes, vagos creyentes que piensan que olvidar es útil y que uno puede currarse una vida olvidando experiencias. Cuando me vi arrodillada, noté que mientras la memoria selectiva me ocultó la piedra, ésta creció para convertirse en roca, porque los obstáculos tienen vida propia y van a más.

Flaco favor me ha hecho esta memoria perversa que me ha hecho creer que todo era como yo lo recordaba. Hoy las arañas se multiplican, y no sólo van trepando hacia mi cabeza sino que no paran de dar vueltas y crear una espiral negra en movimiento silencioso un sobre fondo blanco y consistente.

domingo, 13 de julio de 2008

Rata (una de tantas)

Estoy de vuelta. La sensación de estar 6 días sin ordenador ha sido extraña y desagradable, pero aquí estoy. No digo "Aquí me tenéis", más bien es "Aquí me tengo".
Estoy en laisla y aquí vivo en el campo. Ayer por la tarde volví de un asadero -aquí no hacemos barbacoas, son asaderos- y encontré una rata en el jardín. Aún estaba viva, tirada sobre una baldosa; pensé que se habría envenenado. David me dijo que la envolviera en una bolsa y la tirara a la basura. Después de un rato, la cogí y vi que tenía una pata rota, sangrando. No intentó morderme. Por un momento imaginé cómo la llevaba a un veterinario y cómo éste me decía que tenía un primo siquiatra...
Lo más sensato hubiese sido matarla o meterla en la bolsa y no ponerme a investigar por qué narices estaba moribunda, pero no soy capaz de matar una rata. La miré un rato y la dejé en un parterre bajo un árbol, a la sombra. A mí no me gustaría morir asfixiada en una bolsa de Hiperdino, así que supongo que a él -es que me pregunté de qué sexo era y ahí estaba su pito- tampoco. Cuando salí de casa anoche y otra vez al volver a las cinco de la mañana fui a ver cómo estaba. Me he visto tentada a alimentarla, pero eso sólo prolongaría su agonía. Hoy la he mirado desde la ventana, pero no puedo distinguir si ya está muerta. No quiero bajar a verla.
Llevo 20 horas pensando en la rata del jardín y en las ratas de mi vida. En todas esas personas o situaciones que, como a la rata, no me atrevo a eliminar. Soy incapaz de aniquilar a una rata -un problema, una plaga, un foco de enfermedades y todas esas cosas que dice la gente sobre ellas- igual que no puedo aniquilar las ratas que duermen bajo mi cama. No puedo matar a escobazos una rata y no puedo matar una relación. Dejar morir. Estoy dejando morir a una rata como estoy dejando morir -y a la vez revivir- tantas otras historias; por no decir "Se acabó, muérete", hago como si nada y miro para otro lado y perdono, o quizás no perdono, pero dejo pasar y pienso "Es lo que hay". Sin embargo, no sólo es lo que hay sino lo que siempre hubo y lo que, probablemente, siempre habrá. Ratas, ratas y más ratas.

lunes, 30 de junio de 2008

Resiliencia

Me he levantado en una cama que no era la mía, en una casa que no era la mía, en un barrio que no era el mío, en una ciudad que no era la mía, en un país que no era el mío, en un mundo que no era el mío, dentro de un cuerpo que no es el mío.

Yo, que soy de fuego, llevo tres días vomitando toda la lava que tenía dentro. Tres días de furia. Ahora ya no siento el fuego en mi interior; quedan en mí restos de madera quemada y cenizas de otros tiempos. El dolor que empezó siendo agudo, hoy sabe a vino viejo y rancio, a barrica de madera humedecida, a verano pringoso, a polvo.

No paro de borrar frases. Hoy soy pequeña, mi metro setenta y pico está por debajo de los árboles, de las personas que me encuentro en la breve calle que camino, de los coches, de las ratas. Mi voluntad está lejos de mis manos que sólo sirven para taparme los ojos en puños, de rabia.
Down in a hole and I don't know if I can be saved See my heart I decorate it like a grave Down in a hole, feelin' so small Down in a hole, losin' my soul I'd like to fly, But my wings have been so denied
Resiliencia: capacidad de las personas para sobreponerse ante situaciones adversas. Vaciarme para llenarme. Soy un cántaro lleno de barro. Soy tierra fértil sin semillas. Me gustaría volar, pero no tengo alas.
Goya, píntame un cuadro, de esos tuyos que siempre he detestado, de esos que me acongojan, que me acojonan.

martes, 24 de junio de 2008

Lo tácito y lo noble

Lo tácito: las palabras que se callan y los gestos que acompañan los silencios.
Lo noble: la honradez, la generosidad.
Cuando lo tácito y lo noble se unen nacen las historias más sinceras, las que no necesitan ser habladas, ni racionalizadas, ni siquiera demostradas. Sólo gestos de los que se infiere todo lo demás. Sin palabras, sin reglas.
Cuando lo tácito y lo noble se encuentran esculpen sentimientos que salen de muy profundo para convertirse en mordiscos, besos, sonrisas arañazos, patadas o lloros. Tácito es el respeto. Tácito es el amor que nace poco a poco y un día ya es antigua realidad.
Lo tácito. Lo callado, lo silencioso, lo supuesto.
Lo tácito y lo noble, conjunción en equilibrio, plenitud. Deseo. Necesidad.
Gritaré en silencio, flotando ligera, en vistas de un pacto tácito y noble.

jueves, 19 de junio de 2008

Princesas o putas

He estado hablando con Irene acerca de hombres, mujeres y hombres y mujeres. Ha sido una conversación brevísima, pero ha dicho dos frases que han abierto la ventana de mi inspiración: Un lugar al que volver y Nací princesa porque putas ya hay muchas.

Yo no nací princesa pero siempre he tenido algo de princesita de cuento; tampoco nací puta, pero tengo una dentro, como toda –no escribiré el diplomático “casi”- mujer que se precie.
He jugado a ser fuerte y a llevar pantalones, a consolar con brazos largos y a abrazar con el cuerpo entero. He jugado a hacerte la cena cada noche, a complacerte, a “lo que tú quieras, como tú quieras”. Me he dedicado a consolarte y a reconfortarte en tus penas. He estado ahí, donde quiera que ahí sea.

Hemos ido “adonde tú quieras” y las indirectas sobre los viajes que nunca he hecho y deseo hacer se han quedado siempre en el mapa y en la agencia de viajes. He jugado a entenderlo y a esperar, cuando no lo comprendía aunque aguardara a ciegas, con vaga esperanza.
Me he cansado: te he dejado y he gritado. Tú no eres uno solo, eres varios, demasiados. Hoy no escribo desde la rabia sino desde el tiempo que todo lo cura, pero escribe una princesa. No nací princesa pero desde ayer lo voy a ser. No quiero ser reina, he dicho princesa. Me cansé de jugar a superwoman, me cansé de ser puta cuando me aburro del mundo.

No quiero ser la mujer de nadie, no quiero ser únicamente el lugar al que volver para el hombre de turno. No quiero mendigarte ni permitir que rellenes conmigo los huecos de tu tiempo. No quiero el aire que te sobra. No quiero ser tu siesta ni tu descanso, si no puedo ser también tu despertar y tu mañana. Quiero en mis manos tu risa y tus penas, ambas. Quiero recogerte cuando flojees para acariciarte el alma, pero no quiero ser sólo tu consuelo. Llórame para que te beba las lágrimas pero ríeme hasta dejarme sorda. No te olvides de compartir conmigo tus alegrías.

Quiero ser ángel y princesa, porque quiero cuidarte y dejar que me cuides, pero no voy a ser tu madre. Ni puta ni madre. Princesa, he dicho princesa. Princesa y ángel. Princesa, porque me he ganado ser princesa. Ángel, porque necesito cuidarte y sostener tu caída.

Ángel y princesa, intentaré repetírmelo continuamente, hasta que me quede claro, desde esta ingravidez en la que me encuentro, en este momento de ligera lucidez y de cálida tibieza. Estoy feliz: me sientan bien mi nuevo vestido de tul rosa y mi corona de flores blancas, mis zapatitos de cristal y mi alma en calma. Voy a ser princesa porque putas ya hay muchas. Y porque me da la gana.

lunes, 16 de junio de 2008

A cualquier lugar

En la última semana no paráis de repetirme que no escribo acerca de cosas positivas. Reconozco que me ha hecho ilusión vuestro énfasis y lo más bonito que se me ocurre ahora mismo es una canción que os puse ayer, con su letra cursi que suena a verano, de Facto de la fé y las flores azules:

¿Crees en las promesas? Son sólo palabras Yo creo en los actos El acercamiento Bésame si miento Dame tu saliva Vives mi deseo Siempre de escondidas Aquí la palabra En segundo plano Sientes el aroma Vida; escucha, mira Veo la salida Siempre afirmativa Caminaré ciego, porqué sé que miras Dime con tus dedos Que no habrá más peros Que siempre seremos Mientras nos toquemos Luz entre las ramas Seis de la mañana Llegan los colores Nacen las fragancias Dime esa palabra Que tus ojos cantan Como fluye el viento Como corre el agua Entre las montañas Bésame los labios Tócame la cara Que me tiembla el alma (...) No tengo a dónde ir, así que iré a cualquier lugar A cualquier lugar... porque no tengo a dónde ir...

Estas palabras hacen referencia al mundo sensorial en el que quiero instalar mi casa de verano, de este verano que hoy ha vuelto a deshacerse en agua y que no muestra ya violeta ni dorado. La música son las únicas palabras a las que hago caso últimamente. Las palabras ajenas sólo me sirven si se acompañan de gestos acompasados, miradas coherentes, caricias o mordiscos de rabia -la rabia de que se evapore el instante y se convierta en la misma lluvia que luego llueve sobre el corazón mojado-. Se me ha escapado un mordisco, ya no sé besar. Espero no haberte hecho daño.

domingo, 15 de junio de 2008

Paciencia

Siempre parezco más joven después de tardes como ésta. Siempre la piel más clara, los ojos más pequeños. Es como si la noche nunca fuera a calar. Las nubes suenan a calor y reflejan un sol que no se va. Es el verano. El domingo, primer domingo de verano, las piernas casi por depilar, inesperada llegada. Todo el día oyendo piar. Las plantas recién regadas ya necesitan más agua, yo necesito más agua, quiero sumergirme en el frío que tardará en volver.

Creo en la paciencia. No creo en las palabras: las que se dibujan en mi cabeza sólo me cuentan mentiras, pero no me importa. Cada momento es mentira, cada instante es falso, es todo consecuencia de la borrachera emocional, del impulso corporal. Mi estado mental es consecuencia del violeta del oeste. Veo las nubes preñadas de una lluvia que no tienen intención de descargar: la noche seca, a salvo. Todo lo demás lo dudo. Lo dudo con una interrogación creciente. Está todo quieto, empezando por el sol que se queda plantado en el cielo de Madrid. Creo que las horas se han quedado calladas, pero la duda no me importa. Qué más da.

Qué más dan la ida y la venida. Qué más dan brazos enredados. Paciencia, paciencia, que el verano todo lo cuenta y revela secretos. Llega el calor. El tiempo se dilata y la piel pesa mientras me siento ligera. La piel propia, la ajena. Antes, durante, después. Paciencia, paciencia.

martes, 20 de mayo de 2008

Mareo de Tierra

Llevo dos días sintiendo cómo se mueve el suelo que piso, cómo me mece la silla sobre la que trabajo. Podría ser lo que se conoce como mareo de tierra: la sensación de seguir en un barco cuando ya has desembarcado.

Sin embargo, tengo mis dudas: creo que se trata más bien de un mareo de Tierra, en mayúsculas. Es una pena que el lenguaje oral no permita pronunciar las mayúsculas de manera distinta a las minúsculas.

He desembarcado de un barco, redundantemente, y he desembarcado también de laisla, metafóricamente. Me bajé de esa balsa volcánica cuyo interior siempre he imaginado hirviente de lava y cuyo fondo, repleto de cuevas habitadas por grandes peces.

Desembarqué y caí por un agujero, como Alicia; un agujero que me hizo atravesar las nubes tejidas por la distancia entre dos puntos: laisla y laciudad.
Laisla es una balsa de roca oscura que permanece varada interminablemente en el Atlántico al que Tomás Morales gritó ¡Padre!:

"El alma temblorosa se anega en tu corriente. Con ímpetu ferviente, henchidos los pulmones de tus brisas saladas y a plenitud de boca, un luchador te grita ¡padre! desde una roca"

Laisla cobija recuerdos de arena que aparecen y desaparecen a merced de las mareas. Los acantilados abrazan a un grupo de personas que se reencuentran y celebran rememorar y seguir juntos de lejos, juntos de cerca, juntos después de las inclemencias de los años, del castigo del océano que aísla, de la tierra que separa, del viento que borra la memoria, de la memoria que desgrana y selecciona el pensamiento.

El mareo de Tierra -de la Tierra, de mi Tierra- es el desvarío que me producen hoy la arena negra, la sal que huele a azul intenso, el Atlántico celoso de una balsa de roca que encalló como un barco exhausto y se paró allí donde siempre luce el sol. El recuerdo me devora como si fueran esos peces gigantes que habitan bajo laisla en mi cabeza, los que pintaba Néstor de la Torre, rodeando a los cuerpos dormidos, muertos sólo en parte, cansados de escapar, rendidos de esperar a que el tiempo decida. El mar me canta y me seduce como las sirenas a Ulises (sail to me, let me enfold you; navega hacia mí, déjame envolverte).

Hoy quizás me doy cuenta de que la prisión es relativa, de que hay que sentir la fuerza de cada ola, el latido de la lava extinguida dentro de un volcán muerto. Cuando los elementos vibran te hacen volver la mirada -las algas te atan el tobillo-, te traicionan y te llevan hacia el recuerdo que te devuelve el pulso. El pulso de la vida, la pulsión de la huida.

lunes, 12 de mayo de 2008

Primavera

Porque suena Mar, el poder del mar
Porque el domingo sale el sol sin que haga calor ni frío
Porque el jardín vertical tiene mil colores
Porque me vestí de rosa
Por fumar narguile de manzana y tirarme descalza en una alfombra
Porque hago una maleta...
...y ya casi toco el mar con los dedos de los pies
Porque me tomo una clara de limón aunque no debo
Porque como samosas vegetales en una terraza
Porque veo cómo se apaga la luz de la catedral sentada en el césped de cuesta imposible
Porque a alguien el momento le recuerda a una escena de L’ultimo bacio
Porque la manzana es hoy más roja y desprende más luz blanca
Porque no importa sentirse extranjero si todos los que estamos nos sentimos igual
Porque la poesía está detrás de cada esquina de Madrid... Por fin
Por la paz interior
Porque un pájaro hizo caquita, me cayó encima y me reí
Porque la noche es el final de todo un día
Por los casi 27
Por los tomates raf y el guacamole
Porque mañana puede esperar
Por hacer de la rutina un regalo
Por ver, por primera y supongo que última vez, una estrella fugaz en la ciudad

...por todo eso, sé que es primavera.

domingo, 4 de mayo de 2008

De palabras y paisajes

Llevo días interrogándome acerca de la magia que duerme en las palabras. Que las palabras encierran misterios es algo que ya sabíamos. Que alojan errores, también. En este viaje se me ha metido en la cabeza la palabra pueblo y, aunque en español significa varias cosas, le daba vueltas a la acepción "conjunto de personas de un lugar, región o país". Es curioso cómo en italiano se dice pòpolo, sin que este sustantivo signifique ninguna otra cosa. Il pòpolo hace referencia sólo a la comunidad, no a una villa o ciudad como sucede en español. En inglés se dice people, que también significa gente.

No termino de tener claro el motivo de esta colección y posterior análisis y traducción de palabras que he llevado a cabo en días pasados. Supongo que ayudará saber que la otra palabra que tengo atrapada, ya no en la cabeza sino en el estómago, es casa. Casa entendida como hogar, home en inglés, no house.

No sé a qué pueblo pertenezco, mucho menos dónde está mi hogar. Llevo días buscando en paisajes verdes la respuesta que lleva tantos años aletargada, dormida perennemente. No la he encontrado. No es una sensación que me duela, pero me arde. Me pica como el primer sol de mayo. Es como si un pequeño fuego fatuo andara acechándome tras haberlo recogido de los bosques que han mecido mis alegrías en estos días y traído ahora de vuelta a la ciudad en la que vivo -hoy no puedo ni decir mi ciudad sin sentir que miento-.

Tengo un ciprés atragantado en la gola , un cielo -azul como sólo el cielo de la infancia- ocupando el lugar de mi cerebro, un manto de margaritas trepando por mis piernas, una colina reposando en mi vientre y un campo de tréboles enredado en mi pelo. Mi memoria está anclada en un valle. Mis manos sangran sin dolor después de escarbar la tierra en busca de raíces, palabra que late en mi corazón.

No es tristeza, sino la sensación de caminar sin rumbo, de flotar a la deriva, de nadar maradentro buscando el camino que ha de guiar mis pasos. Es sentir que ahora brillo con una radiante luz blanca, como una manzana bermellón recién arrancada del árbol, pero con la duda de si brillo condenada a que la ciudad me apague, como se apaga la fruta en el frutero.