Ayer volvía a casa desde el trabajo, como siempre hago, en metro. Iba sentada y, ya que había olvidado mi libro en casa, me dediqué a observar a mi alrededor. Frente a mí estaba sentada una señora gorda y una cosa en ella me llamó la atención: tenía algo enroscado alrededor del cuello. Me fijé bien y me di cuenta de que ese algo era un zorro. Me pregunté cómo había llegado ese zorro hasta ahí y, para confirmar que la vista no me engañaba, pregunté al pasajero de mi izquierda si aquello era lo que yo creía. Me miró como si no entendiera y me dijo: "Sólo es un abrigo de piel de zorro". Le pregunté si no era peligroso llevar ese animal al cuello y me contestó, aún más atónito: "¡Pero qué tontería, si está muerto!". Aquella afirmación me tranquilizó sólo en parte: al fin y al cabo, no viajábamos con un zorro en el vagón, sino con un cadáver de zorro.
No podía dejar de mirar al animal, con sus ojos de plástico que parecían mirarme desde un iris pintado. De repente empecé a notar cierto movimiento, empecé a sentir la mirada del zorro, hubiese incluso jurado que el abdomen se le hinchaba. Miré a mi compañero de viaje buscando complicidad y él no me correspondió. Giré de nuevo la cabeza y vi una boca abierta, llena de dientes, saltar al cuello de la gorda. Ésta no tuvo tiempo de gritar mientras agarraba al animal resucitado e intentaba zafarse de él, enganchadito a su yugular. Los demás pasajeros, dando voces, se levantaron para ayudar a la señora, recostada hacia atrás en su asiento y con las piernas tensas, estiradas. Fue en vano. El zorro no quería soltar.
Yo no grité, ni volví a mirar, sino que me levanté hacia la salida: una gota de sangre había manchado mis recién estrenados zapatos. En ese momento, el pasajero que antes tenía a mi lado me miró incrédulo y era yo la que, entonces, no entendía su perplejidad: la señora llevaba un carnívoro al cuello, ¿qué esperaba?. Me bajé del metro sin prisas, un par de paradas antes de la mía. No miré hacia atrás y no sentí nada. En el fondo, cuando la naturaleza se rebela no queda más remedio que dejarla hacer.
Hacía una buena noche y los adornos navideños parecían tener ganas de irse a descansar hasta las próximas fiestas.
Esta mañana leí el suceso en la prensa. Según cuenta, el zorro -que al final resultó ser zorra- volvió a su estado disecado una vez se hubo asegurado de que la señora yacía muerta.
Vendetta, que dirían los italianos.
No podía dejar de mirar al animal, con sus ojos de plástico que parecían mirarme desde un iris pintado. De repente empecé a notar cierto movimiento, empecé a sentir la mirada del zorro, hubiese incluso jurado que el abdomen se le hinchaba. Miré a mi compañero de viaje buscando complicidad y él no me correspondió. Giré de nuevo la cabeza y vi una boca abierta, llena de dientes, saltar al cuello de la gorda. Ésta no tuvo tiempo de gritar mientras agarraba al animal resucitado e intentaba zafarse de él, enganchadito a su yugular. Los demás pasajeros, dando voces, se levantaron para ayudar a la señora, recostada hacia atrás en su asiento y con las piernas tensas, estiradas. Fue en vano. El zorro no quería soltar.
Yo no grité, ni volví a mirar, sino que me levanté hacia la salida: una gota de sangre había manchado mis recién estrenados zapatos. En ese momento, el pasajero que antes tenía a mi lado me miró incrédulo y era yo la que, entonces, no entendía su perplejidad: la señora llevaba un carnívoro al cuello, ¿qué esperaba?. Me bajé del metro sin prisas, un par de paradas antes de la mía. No miré hacia atrás y no sentí nada. En el fondo, cuando la naturaleza se rebela no queda más remedio que dejarla hacer.
Hacía una buena noche y los adornos navideños parecían tener ganas de irse a descansar hasta las próximas fiestas.
Esta mañana leí el suceso en la prensa. Según cuenta, el zorro -que al final resultó ser zorra- volvió a su estado disecado una vez se hubo asegurado de que la señora yacía muerta.
Vendetta, que dirían los italianos.
