En días como éstos con la Eurocopa en el aire no se habla de otra cosa y yo desconecto más que nunca. Hasta el lunes mi subconsciente debió de hacer un serio esfuerzo, pues no me había enterado de nada. Ese día tuve sobredosis de información futbolera. El martes, día del partido, mi interés era igual a cero y me cayeron los comentarios de siempre:
“Vale que no te guste el fútbol, pero es que juega España”.Entonces es cuando realmente me desconciertan e intento no contestar porque no hablamos el mismo idioma y es una pérdida de tiempo. Si cambio de tema me arriesgo a un
“es que a mí tampoco me vuelve loco el fútbol, pero si juega España...” Y yo sigo intentando esquivar la cuestión. Si explico que me da igual quién gane me arriesgo a preguntas como la del martes:
“¿Eres nacionalista?”. Pereza. Me da una pereza infinita contestar que para mí
no hay unidad local, regional o nacional alrededor de un deporte -ni de casi nada-, porque ese deporte lo juegan 11 personas y no siento la representatividad que éstas pueden tener para gritar
“A por ellos”. Menos aún entiendo qué es España en términos
de “quiero que gane España”. ¿Qué tienen que ver un ceutí y un leridano? Pues quizás menos que un neozelandés y un egipcio.
Entiendo a quien tiene una pasión y la sigue, a quien le gusta un deporte, lo ve y lo disfruta. A mí el deporte no me dice nada, pero claro que a veces he visto movimientos que he admirado en patinaje sobre hielo, gimnasia deportiva o tenis, por ejemplo, pero no tengo la sensibilidad necesaria para que el deporte me interese o me saque ninguna reacción.
Lo que no soporto es que la gente me mire seriamente o como alucinada porque digo que me da igual la victoria de Lorenzo, de Alonso o de España. Me cuesta mucho explicarlo, pero que esas personas sean españolas no me causa
ningún tipo de sentimiento de confraternización, ni si son canarias, ni si son de Módena. A mí la bandera me sirve para bien poco.
En mi casa toda la vida se ha visto la Fórmula 1 debido a mi ascendencia de Maranello (el pueblo del que proviene Ferrari). Recuerdo que cuando era pequeña pocos españoles mostraban interés por las carreras, pero en mi casa era religión verlas –todos lo hacían menos yo-. Luego llegó Fernando Alonso y en España todos decían llevar muchos años interesándose por la F1 y eran expertos y los más fans. En Asturias el fenómeno se convirtió en cultura de la noche a la mañana.
“Es un español que triunfa, hay que apoyarlo”. Y yo, con cara de póquer. Con la Eurocopa pasa lo mismo: es la selección española la que juega, aunque no te guste el fútbol, tienes que alegrarte de la goleada del martes.
Me siento marciana porque el fútbol me trae sin cuidado, porque no lo considero ni como un acto social. En mi vida no contemplo el deporte como motivo de unidad, aunque una a millones y millones de personas. Hay otras cosas que me hacen sentir ese sentimiento de hermanamiento, quizás un concierto, pero sobre todo las causas. Si algo me conmueve y me llena de energía es una manifestación en la que los presentes sienten lo mismo y gritan al unísono, sin rivales enfrente vestidos de otro color –o sí- pero que luchan,
que se mueven por algo y para algo.
La lucha es el matiz diferenciador. Ojalá las personas se movilizaran con la misma pasión que le ponen al deporte y las patadas al balón para darle patadas a la realidad, a las desigualades, para llevar a cabo
la lucha, los actos de condena, la defensa de los ideales o de las voluntades de la sociedad. Ojalá fueran éstos los motivos que nos hicieran salir a la calle, reunirnos alrededor del televisor, llorar o celebrar. No estoy criticando la afición al deporte y sé que muchos de los que sois aficinados sois los primeros en hacer ruido cuando la injusticia acecha, pero no deja de asombrarme la respuesta masiva de un pueblo –esa palabra me sigue trayendo
dolores de cabeza- ante personas que llevan una misma camiseta, frente a la pasividad en otros temas.
Me pregunto si el interés de que gane la selección española es patriotismo o si no tiene nada que ver. Insisto en que no ataco a nadie, pero me encantaría que me dejaran en paz los que me acribillan a etiquetas por no ser
comotodoelmundo.