Comentaba en otro post que el calendario nos ayuda a recordar. Bien, hoy se cumplen 25 años de la matanza de Sabra y Shatila. Hace una semana, se recordaban los seis años del famoso 11-s.
Es curioso cómo hay muertos de primera y de segunda.
Los muertos de primera son recordados ceremoniosamente cada año, homenajeados por y con bandera, llorados solemnemente ante lápidas blancas en cementerios de cuidado césped.
Los muertos de segunda no tienen nombre, están enterrados en fosas comunes y, lo peor, no tienen responsable conocido o reconocido.
Cruz Roja estima que en los campamentos de Sabra y Shatila murieron (y fueron torturados, violados y ejecutados) unos 2.400 palestinos, prácticamente la misma cifra que en los atentados del 11 de septiembre.
¿La diferencia? unos eran refugiados palestinos en un asentamiento de Beirut, otros, ejecutivos que trabajaban en un edificio icono del progreso estadounidense.
Quizás esta sustancial diferencia sea la causa de que un aniversario sea tan lacrimógeno, archiconocido y recordado con letra y números, y del otro, apenas se hable, se recuerde de manera borrosa y nos quede tan lejos.
Quizás los muertos de primera estén más vivos porque alguien los recuerda constantemente, porque hay quien lleva flores a sus tumbas y mantiene sus fotos en el aparador de la entrada; quizás los muertos de segunda estén más muertos porque nadie ha pedido perdón por los asesinatos, porque no hay culpables oficiales, porque sus familias -que nunca tuvieron aparador ni entrada ni casa- están enterradas enteras, juntitas, en algún lugar desconocido, y nadie queda para guardar el recuerdo ni para llevar flores.
Quizás, sólo quizás.
