jueves, 26 de marzo de 2009

Big macs, razones y semanas sin llorar

Continuación del post anterior
"Hace semanas que no lloro"
Eso pensaba mientras le esperaba en mi casa regando las plantas, quizás por la asociación del agua cayendo, o no. No lo sé. El caso es que pensaba en que hacía como cuatro semanas que no lloraba y creo que algo me decía que iba a llorar ese día.

Se empeñó en que no hiciera la cena, que no tenía hambre y se plantó en mi casa con una bolsa del Mac Donald's y dos mac menús: uno cuarto de libra y otro big mac. No sé cuál te gusta más.

Le conocí hace unos cinco años, tuvimos una historia que se acabó como se acaban las historias sin futuro, seguimos quedando unas cinco veces al año para tomar algo y, hace un tiempo, le llamé con unas ciertas intenciones que se volvieron actos reales y repetitivos.

En esta segunda etapa descubrí que su madre seguía haciéndole la compra y que por eso su ropa olía ahora como cuando yo se la quitaba años antes. Como iba diciendo, nos liamos durante dos meses, hasta el día del McDonald's a domicilio: en el momento en que le vi entrar y reparé en la bolsa, supe a qué venía.

Se sentó, sacó las hamburguesas y me preguntó cuál quería; le dije muy seria que no comía mierda y se encogió de hombros. Se comió primero el big mac al que previamente retiró los pepinillos y añadió dos sobres de ketchup, luego un paquete de patatas, luego medio cuarto de libra -repitiendo la operación anterior- y al final la mitad del otro paquete de patatas. Deluxe, como si esa fritanga inmunda pudiera ser delujo. Entre bocado y sorbo de pajita tuvimos la siguiente conversación:

-lo de liarnos mola y eso, está bien, pero te veo distinta
-distinta
-sí, como más, no sé...
-¿más qué?
-como... ilusionada
-ilusionada, yo; ilusionada, contigo
-sí, no sé, te brillan los ojos. No quiero que confundas las cos...
-soy miope, a los miopes nos brillan los ojos
-ya, pero, tía, no es la miopía, es...
-¿es qué?
-es que, mira, que se te nota
-¿la miopía?
-¿qué? que no, coño, que dejes la miopía...
-¿la alergia? es la época, me pican los ojos...
-pero tía, que no, que tengo mis razones, que se te nota que para ti hay algo más y yo estoy bien así, solo y, vamos, que tan amigos como antes, que eso no va cambiar
-ah, sí, vale, amigos por decir algo, guay, pero de verdad que no me gustas, que...
-¿quieres el pepinillo?

Cogí el pepinillo con la yema del dedo índice, como si fuera una lentilla. Me lo comí. Sabía a hamburguesa. Lo escupí. Ni servilleta ni nada, lo escupí en la caja de cartón.

-tía, no te enfades
-no estoy enfadada. Me la suda
-no te la suda, acabas de escupir el pepinillo
-¿eres gilipollas? que escupa el pepinillo no quiere decir que esté cabreada
-bueno, como quieras, pero tía, en serio, como amigos, ¿eh?
-vete
-¿qué?
-que te vayas, en serio. Has terminado de cenar, ¿no? Pues, como amigo, vete. Quiero estar sola
-¿ves? te has cabreado
-no. Lo que pasa es que ahora quiero estar sola y que deje de olerme a ariel mezclado con salsa deluxe.
-tía, cómo eres
-deja de llamarme tía. Vete, por dios

No recogió nada, le acompañé a la puerta. Cuando volví al salón, miré la media cuarto de libra. La abrí, le metí los tres pepinillos no escupidos y me la comí.

Después me eché a llorar, un poco por el remordimiento de meterme grasas saturadas en el cuerpo, un poco porque que un tío se plante en tu casa con dos mac menús de mierda para decirte que no quiere seguir liándose contigo, es de las cosas más degradantes que te pueden pasar. No he vuelto a llorar desde entonces.

martes, 24 de marzo de 2009

Plagios, mentiras y semanas sin follar

Hace tres semanas que no follo.
Ése iba a ser el principio del último post que me andaba por la cabeza, hasta que leí el de David y decidí que no podía empezar casi de la misma manera en la misma semana. Hoy, mientras iba acompañada de una casualidad de las mías, me lo he encontrado en la plaza de la Paja y le he contado la coincidencia. Me ha mirado divertido y ha dicho plágiame. Eso me ha dicho, que le plagiara, y eso hago: mantener la frase que tenía en la cabeza a la vez que él.

Quizás realmente haga tiempo que él no folle, puede que incluso yo también lleve semanas sin follar, pero eso de lo de menos. Lo que cuenta es que los dos teníamos la misma frase en la cabeza, que hoy me ha dado permiso con su acento gallego para contar mi historia de no-sexo y que la primavera nos hace pensar en si follamos o no follamos, o si follamos y bien, gracias, o si follamos esperando mejorar nuestra vida sentimental.

Lo que iba a contaros es que hace tres semanas que no follo -en caso de que algo de lo que cuente aquí sea verdad- y que eso me crea aprensión.

Contando que esta vida que aquí os cuento sea una vida y no un invento, hace tres semanas que no follo porque la agenda se me acabó. Repasé los años que os contaba el otro día y me tiré a gran parte de mi calendario personal; el que es como un biólogo se recluyó en esa casa que nunca conocí y el que jamás se quedaba a dormir cerró nuestra historia-segunda-parte delante de un big mac sin pepinillo, diciendo que no quería confundir los términos y que a mí empezaban a brillarme demasiado los ojos. Resulta que come basura, pero es sensible. Los demás encuentran excusas como puños cada vez que me llaman.

Hace un par de meses conocí a unos chicos encantadores con los que salgo a menudo. Realmente encantadores, tanto que me da como pena tirármelos. Sí, como pena, pena de esa que hace que no abras una caja de bombones porque queda bien en la mesa y, claro, la perfección intacta sobre el aparador siempre hace bonito.

Ahora resulta que con el beneplácito de David ya puedo contaros esa historia de que cada vez follo menos, pero ya no quiero, porque resulta que empiezo a tener sueño y ganas de contaros que hoy me dije que me aburría y que tenía que pasarme algo y no sé si pasó algo pero, desde luego, algo pasó.

Otro día, quizás, os cuente esa otra mentira.