Aquí va una entrada de variedades y eventos varios, para no tener que seguir poniendo la etiqueta "no" a cada post que cuelgo y para que
Pablo no se meta conmigo -con razón- por mi actitud negativa.
Mi último finde en la capital antes de venir a
laisla consistió en hacer cosas de esas que puedo hacer en Madrid y no aquí ni en ninguna otra ciudad que no sea una
granciudad:
Viernes noche: me fui a ver sola
"Caos calmo" en versión original. Moretti actuando con el registro de Moretti y una muerte al principio de la peli que me auguraba una tragedia como la de
"La habitación del hijo" -la peli más dura que he visto en mi vida-, pero no fue así. Habla de un
drama llevado con asombrosa calma; me dejó meditabunda y caminaba hacia casa con el verano un poco entre paréntesis pensando en ese hombre sentado en el parque. La peli me gustó y tiene una estupenda banda sonora,
Rufus Wainright y
Radiohead incluidos.
Sábado tarde: exposición de Rodin. Brutal. Habría amordazado a tres adolescentes cincuentonas que hablaban como si estuvieran en el salón de su casa acerca de la barbacoa de un tal Ramiro y del bañador que se iban a llevar mientras estaban de pie delante de una escultura llamada
"La eterna primavera" a la que no prestaban ninguna atención:
Yo, mirando la pieza: Disculpad
Ellas: Qué?
Yo, señalando la pieza: Quería mirarla
Una de ellas (la más operada): Nosotras la estamos mirando
Yo: Ah, pensé que estabais hablando del pareo étnico que os ibais a llevar a casa de Ramiro en Majadahonda
Se apartaron abochornadas dejándome ver la escultura y callando sus asiliconadas bocas.
Una maravilla, una exposición preciosa, de las más bonitas que he visto de escultura. La que más me gustó fue
El rapto, que acumulaba un gran simbolismo en dos cuerpos, un
abrazo robado, o quizás no tanto: siempre me parece que en las esculturas que representan los raptos, las mujeres no terminan de estar en desacuerdo con que se las lleven lejos de sus vidas aburridas y de su rutina. Otras mostraban mujeres
retorciéndose o en
posturas imposibles, llevando sus extremidades al infinito,
tentando con su belleza desnuda. Por último, el clásico
beso -en yeso- y unas manos sutiles,
Manos de amantes. Las esculturas
parecen dormir en la roca que Rodin esculpe, despertando las figuras, descubriéndolas, quitándoles el material que les sobra alrededor.
El domingo me perdí con
Aday & co por Chueca, entre los
gueis descamisados orgullosos de serlo que celebraban su fiesta. Reencuentros de los que me gustan, gente venida expresamente desde distintos sitios y abanicos Locomía. Admito que el carácter reivindicativo de las fiestas ya no tiene razón de ser y que la palabra orgullo me resulta tonta (yo no me siento orgullosa de ser hetero ni blanca ni española ni morena ni alta), pero creo que se ha convertido en la celebración de un avance importante en materia de derechos humanos: quienes antes
eran vagos y maleantes, ahora tienen los mismos derechos que los demás.
Y así, a la medianoche, me fui a casa a terminar la maleta, con una
extraña sensación de caos calmo dentro de mí, como si, por un lado, mi inminente y esperada marcha me diera la calma, mientras seguía flotando a mi alrededor el caos del que no me puedo desprender últimamente. Me iba, sí, me venía, me volvía, pero el caos no se va, aunque ya no me molesta. Me he acostumbrado y mi cara puede reflejar, a pesar de todo, una relativa calma. Un calmo caos calmo.