Mostrando entradas con la etiqueta arte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de julio de 2008

Un día en mi pasado

Ayer por la mañana fui con mi madre andando al supermercado de toda la vida. Bajamos la cuesta de cuyas paredes yo cogía caracoles con mi abuela, pasamos por las escaleras en las que quedaba con mis ligues de adolescente, por el solar al que iba a coger rosas silvestres.

En el súper vi cómo los estantes siguen dispuestos de la misma manera que hace 12 años, aunque los productos hayan cambiado y las marcas locales hayan ido desapareciedo (creo que lo llaman globalización). Allí nos encontramos con la vecina que ahora tiene esa cruel enfermedad llamada Alzheimer y pude ver cómo sus manos eran idénticas a las de su madre a la que yo iba a visitar cada domingo -en su casa me enteré de la muerte de Dalí cuando aún no había cumplido los ocho y me impactaron aquellos lienzos que aparecían en la pantalla- y que murió con unos 96 años.

Por la tarde di un paseo por la playa de Las Canteras y cada esquina era un recuerdo: la farola que servía de punto de encuentro en aquel 95 en el que todas las tardes me reunía con un grupo sólo de chicos, el concierto en la arena -Sonic Youth- donde probé el alcohol por primera vez, el bar gótico hoy convertido en pizzería, las hogueras de San Juan...

Por la noche salimos a cenar para celebrar el 13 cumpleaños de mi sobrino. El restaurante era nuevo para mí, el aire acondicionado estaba demasiado fuerte y la conversación giró en torno al viaje de mi hermano a Pamplona con motivo de los sanfermines. Ya conocéis mi postura sobre los espectáculos taurinos, pero lo que no sabéis es que mi familia tiene ideas opuestas a las mías. Mantuve mi silencio hasta que salió el tema de los antitaurinos, piojosos y porreros todos; me di por aludida y defendí la postura de los que estamos en contra.

Lo cierto es que ayer me di cuenta de que todo cambia, pero sólo por fuera: en esa cuesta ya no hay caracoles, ya no crecen rosas en ese solar hoy vallado y los conciertos y hogueras en la playa están ahora prohibidos, pero si te fijas bien, siempre puedes entrever la antigua realidad.

Y es que cuando era adolescente me decían que cambiaría, que mi actitud ante la Iglesia o los animales, por ejemplo, era pura rebeldía, que no sería así toda la vida. Yo ya no visto de negro ni llevo el pelo violeta, pero sigo teniendo los mismos ideales. Quizás sea una muestra de inmadurez o de utópica fantasía, pero no creo. Sigo pensando que durante estos años no he hecho más que cultivar unas ideas que considero inherentes a mi persona. Y hoy no soy rebelde, sino inconformista. Soy una aspirante a luchadora, desde detrás de una pantalla o desde una calle abarrotada de gente con pancartas. Y tecleo esto con los pies: con una mano me lío un porro y con la otra me quito los piojos.

Caos calmo

Aquí va una entrada de variedades y eventos varios, para no tener que seguir poniendo la etiqueta "no" a cada post que cuelgo y para que Pablo no se meta conmigo -con razón- por mi actitud negativa.

Mi último finde en la capital antes de venir a laisla consistió en hacer cosas de esas que puedo hacer en Madrid y no aquí ni en ninguna otra ciudad que no sea una granciudad:

Viernes noche: me fui a ver sola "Caos calmo" en versión original. Moretti actuando con el registro de Moretti y una muerte al principio de la peli que me auguraba una tragedia como la de "La habitación del hijo" -la peli más dura que he visto en mi vida-, pero no fue así. Habla de un drama llevado con asombrosa calma; me dejó meditabunda y caminaba hacia casa con el verano un poco entre paréntesis pensando en ese hombre sentado en el parque. La peli me gustó y tiene una estupenda banda sonora, Rufus Wainright y Radiohead incluidos.

Sábado tarde: exposición de Rodin. Brutal. Habría amordazado a tres adolescentes cincuentonas que hablaban como si estuvieran en el salón de su casa acerca de la barbacoa de un tal Ramiro y del bañador que se iban a llevar mientras estaban de pie delante de una escultura llamada "La eterna primavera" a la que no prestaban ninguna atención:

Yo, mirando la pieza: Disculpad
Ellas: Qué?
Yo, señalando la pieza: Quería mirarla
Una de ellas (la más operada): Nosotras la estamos mirando
Yo: Ah, pensé que estabais hablando del pareo étnico que os ibais a llevar a casa de Ramiro en Majadahonda
Se apartaron abochornadas dejándome ver la escultura y callando sus asiliconadas bocas.

Una maravilla, una exposición preciosa, de las más bonitas que he visto de escultura. La que más me gustó fue El rapto, que acumulaba un gran simbolismo en dos cuerpos, un abrazo robado, o quizás no tanto: siempre me parece que en las esculturas que representan los raptos, las mujeres no terminan de estar en desacuerdo con que se las lleven lejos de sus vidas aburridas y de su rutina. Otras mostraban mujeres retorciéndose o en posturas imposibles, llevando sus extremidades al infinito, tentando con su belleza desnuda. Por último, el clásico beso -en yeso- y unas manos sutiles, Manos de amantes. Las esculturas parecen dormir en la roca que Rodin esculpe, despertando las figuras, descubriéndolas, quitándoles el material que les sobra alrededor.

El domingo me perdí con Aday & co por Chueca, entre los gueis descamisados orgullosos de serlo que celebraban su fiesta. Reencuentros de los que me gustan, gente venida expresamente desde distintos sitios y abanicos Locomía. Admito que el carácter reivindicativo de las fiestas ya no tiene razón de ser y que la palabra orgullo me resulta tonta (yo no me siento orgullosa de ser hetero ni blanca ni española ni morena ni alta), pero creo que se ha convertido en la celebración de un avance importante en materia de derechos humanos: quienes antes eran vagos y maleantes, ahora tienen los mismos derechos que los demás.

Y así, a la medianoche, me fui a casa a terminar la maleta, con una extraña sensación de caos calmo dentro de mí, como si, por un lado, mi inminente y esperada marcha me diera la calma, mientras seguía flotando a mi alrededor el caos del que no me puedo desprender últimamente. Me iba, sí, me venía, me volvía, pero el caos no se va, aunque ya no me molesta. Me he acostumbrado y mi cara puede reflejar, a pesar de todo, una relativa calma. Un calmo caos calmo.

sábado, 26 de abril de 2008

Retrato

Me he levantado y las dudas esculpían mi cuerpo en pronunciados escorzos mientras que mis ojos estaban huecos como los que vimos esta tarde en los cuadros de Modigliani. Esos ojos, como rotos, no ven ni permiten ser mirados. Esas modelos de Montparnasse vestían trajes a juego con sus iris, azules acerados. Son los ojos huecos de las máscaras africanas. Me dan miedo. Tuve yo acaso esa mirada al levantarme. Sentí yo acaso el acero frío y azul en mi cabeza.

La impaciencia rompe una sala de exposiciones azul oscuro, de qué color si no. Me miro al espejo y veo ahora los ojos que pinta Kisling, grandes e iluminados.
Se acabaron los ojos de ciega, la niebla que los empaña, el gris permanente y hueco. Adiós a la piel transparente, la mirada invidente, el paisaje invisible, el Madrid huidizo, los sueños opacos y los deseos impenetrables.

Esta tarde mis ojos se abrieron a la primavera que irrumpe y tengo ahora una mirada ancha aunque cansada. Cansancio es buena señal. Hoy tengo la piel blanca y el pelo oscuro que pinta Foujita. Y mi alma es del color con que pinta Chagall. Hoy canto; hoy soy amarilla y roja.

lunes, 31 de marzo de 2008

Sobredosis y casualidades

Accidentalmente, a las 9 y cuarto me tomé la medicación (el médico me dobló la dosis la semana pasada) por segunda vez en cinco minutos. Cuando me di cuenta, otras dos pastillitas rosas ya bajaban en un alegre viaje camino de mi estómago.

Los efectos de la sobredosis han pasado por distintas fases: la primera ha consistido en risas continuas y despiste divertido. La segunda ha sido de mareo y falta de concentración (Nayra, ¿no sabes sumar?). La tercera se resume en: "tengo ganas de vomitar, me he quedado dormida".

La casualidad y la aparición en escena de varios personajes sin rostro han sido las otras píldoras de hoy. ¿El color? probablemente negro, no lo sé. Esta primavera empieza con un bucle, como casi todos los periodos de calor (sí, ya sé que no hace tanto). Ese bucle parece ser de color negro sin que esto implique necesariamente pesimismo. Es una casualidad de esas que siempre encontré sin buscar, de esas de colores y calores, de esas medemianas, de las de Otto, de las de Ana.

El bucle, como clásica espiral de primavera, trae novedades y trae personas y trae formas femeninas y masculinas y cuerpos redondeados con un límite bien marcado en tinta negra. Picasso, precubismo. Es el momento de la descomposición de las formas, de la desfragmentación de los rasgos. Yo todo lo veo como en un cuadro y todo lo siento en estas letras que tienen forma y carecen de contenido, que son planas como el cubismo, que son geométricas y cuadriculadas como un campo desde el aire.

Ya advertí que estaba como drogada. Ahora a ver qué píldora me tomo -y de qué color es- para salir de ésta. Necesito un cuadro blanco, como pintado por Rothko, pero en blanco.