viernes, 31 de octubre de 2008

El perdón y la memoria

En estos días en los que se habla de desenterrar fosas y poner nombre a montones de huesos en pro de algo que llaman Memoria histórica (si la historia no tuviera memoria no sería tal cosa), yo pienso en que la memoria es necesaria para perdonar, o para todo lo contrario, pero ante todo es un derecho.

Y no sólo es un derecho, sino que la memoria es también un deber, al igual que lo son el castigo y la justicia. Desde mi punto de vista, existe una necesidad imperiosa de no olvidar. El pueblo no debe olvidar y no por sed de venganza, sino porque creo que es imprescindible recordar para así no repetir errores.
"El tirano oprime a sus siervos y ellos nunca se revuelven contra él, lo que hacen es machacar a los que tienen debajo". Cumbres borrascosas, Emily Brönte.
Tengo que decir que no tengo una opinión definida acerca del desenterramiento de fosas comunes, pero lo que sí tengo claro es que un crimen de lesa humanidad no puede prescribir. Que un delito prescriba es una insensatez. Mientras haya vida tiene que haber esperanza. Y la esperanza no es posible si no hay justicia. ¿Qué le queda a alguien a quien un régimen le arrebató todo sino ver que se hace justicia? Mientras haya vida tiene que poder hacerse justicia. Ni amnistía ni hostias. Justicia.

Quienes creen que apelar a la memoria es no saber perdonar, se equivocan. Querer recordar no es querer venganza, es pretender aprender de los errores y enmendarlos. Si se puede. Si nos dejan.

Algunos olvidan más de la cuenta y se mandan mudar a un limbo de mentira, allí donde parece que no ha ocurrido nada, para poder tirar hacia adelante. Sin embargo, acaba ocurriendo que un día te cogen de los pelos y te llevan a rastras hasta el montón de tierra bajo la cual se agitan cráneos agujereados. Es entonces cuando, de rodillas ante la realidad, muerdes el polvo y agarras esos huesos para con ellos golpear a los culpables. Es entonces cuando dices que no perdonas. Es ese el momento en que dices, ¿quiénes somos nosotros para concederos el perdón que no habéis solicitado?

Y ese día, te dejas caer en la fosa común, común al dolor, a los miles de muertos de la Guerra Civil, de las guerras silentes, de todas las guerras, todas iguales, y dices No pasarán.

Y sí, hoy he amanecido con los puños bien cerrados y la rabia insolente de mi juventud, pero la ingenuidad me absolverá de equivocarme y aquí cada uno aporta lo que sabe. O lo que puede.

lunes, 6 de octubre de 2008

Sosa cáustica

He jugado a ser el hombre de la casa y he decidido paliar el atasco de mi ducha. Ha sido el segundo intento, ya que el primero -acabado en fracaso y en el pensamiento de mecagoenlaempancipacióndelamujer- consistió en sacar con un alambre la bola de pelos y demás cochinadas que habían creado un ecosistema en la tubería. Después de que la ducha siguiera igual de taponada, decidí tomármelo más en serio y acudir a elementos químicos de nombres esdrújulos que nunca fallan y suenan a corrosivos y peligrosos: ayer conocí la sosa cáustica arrodillada ante un estante de Mercadona.

Me llevé aquel kilo de preparado del que sólo iba a necesitar una cucharada y pude leer con asombro que la sosa cáustica también sirve para preparar aceitunas, algo que me hizo sentir un escalofrío: lo que va a cargarse el submundo de mi plato de ducha me lo trago con las olivas que ponen cuando pido una clara en La Latina.

El caso es que esta mañana cogí un destornillador para desenroscar -con bastante dificultad- la cosa ésa metálica y vertí diligentemente y con poca fe la sosa cáustica en el sumidero. Cuando me duché no me lo podía creer: mi ducha había vuelto a ser una ducha sin características piscinales.

Quedé tan contenta del resultado que llené otro tapón con la sosa y me lo acerqué a los labios -al fin y al cabo, he comido muchas aceitunas en mi vida-, pero lo pensé mejor y añadí unos chorritos de: crema anticelulítica, crema antiestrías, crema de día, crema de noche, crema de cuerpo, colágeno para el pelo, exfoliante, contorno de ojos y enjuague bucal. Entonces sí, abrí la boca y me tragué la fórmula improvisada.

Cuando me di cuenta de que la ingesta del producto estaba contraindicada, llamé al 112. En el hospital consideraron que estoy perfectamente y que no necesito lavado de estómago. Al parecer la sosa cáustica me ha desatascado, tal y como pretendía, y ahora soy una persona nueva de aspecto radiante y sin celulitis en el culo. El único problema es que no sé que hacer con tanta claridad en la laringe y unas tetas tan turgentes y echo de menos el atasco interno de ayer y anteayer, etc. Una le coge cariño a sus fantasmas y a su piel de naranja.

En fin, da igual; ahora que ya he descubierto cómo combatirlos y que sé que me quedan 973 gramos de sosa cáustica en la cocina, pueden volver cuando quieran. Ya no les temo.