sábado, 27 de septiembre de 2008

Impar

Llevo 24 minutos delante de este hueco blanco y no sé qué contar para rellenarlo. He perdido la palabra.
Podría intentar describir la sensación que me ha producido el que Carlos hace un rato me haya dicho que me veía de muy buen humor y que se notaba que estaba especialmente bien, pero también podría dejar esto en blanco e irme a la cama a disfrutar del otoño bajo el peso el edredón.

Me fastidia haber perdido el hábito y no escribir tanto como hace unos meses; me jode mucho saber que este post carecerá del comentario del comentarista que (casi) siempre comenta y más me jode el porqué de esa ausencia (temporal). Este post va a quedar desordenado y me da igual: una no puede seguir siempre un hilo inexistente, máxime cuando la maraña es voluntaria.

He cocinado por primera vez cebolla caramelizada. Me ha dado rabia no haber descubierto antes lo fácil que es hacer algo tan rico. Es como cuando eres feliz y te dices: "si no costaba tanto". La felicidad es un estado de ánimo, un día concreto, una hora determinada. A mí me hace feliz cocinar para mis amigos o comer queso. Ir al mercado a comprar aguacates y setas y que me regalen el perejil. Sé que eso no es la felicidad, pero se le debe de parecer bastante.

Me resulta extraño ser el número impar en todas las citas de últimamente, ese maldito 3 o 5 o 9 que sumo junto a esa pareja o esas dos parejas o esas cuatro parejas. Soy el número asonante que no rima con nada, si no de qué iba a mantenerme siempre impar. Si no de qué iba a estar yo aquí un viernes por la noche, vestida con un vestido raro de color negro lleno de pelos de amor de gata impar a su dueña impar.

Definitivamente, me voy a la cama de plazas pares a soñar sueños de rima fácil y a crear versos de estilo libre y a dejar que mi gata me clave ligeramente las uñas mientras duerme y a oír en mi cabeza Hysteria. Lo de escribir cosas decentes para que ustedes entiendan algo, puede esperar.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Un pez rojo

Cuando me planto delante del recuadrito vacío en el que se supone que tengo que escribir el texto que quiero colgar en mi blog, la rayita vertical del cursor parpadea insistentemente. Cada vez que estoy plantada en mi sofá, el silencio de la casa pone en evidencia el tic tac del reloj de pared, que suena igual que aparece el cursor: absurdo, cansino, impertinente.

Supongo que lo más absurdo de todo lo que me rodea soy yo en pijama mandando currículos por internet, respondiendo a cuestionarios sobre por qué soy la candidata idónea y qué me parece cobrar 15.000 euros brutos al año: pues una puta mierda, ¿qué me va a parecer?

Espero el momento en el que alguien le eche un par de huevos y me llame para decirme expresamente que me meta mi dignidad por el culo y vaya a la entrevista con los pantalones en la mano -por eso siempre voy con vestido, para no tener que bajármelos-. El caso es que el verano ya se va, cosa que agradezco infinitamente porque no puedo con tanto color fucsia y tanta isla paradisiaca y tanta chancla y tanto buen rollo y tanta wayfarer blanca y tanta crisis que sí que no y tanta psicosis con los aviones.
El polisíndeton demuestra mi desidia. La desidia me ahoga y me deja sin aire, como si fuera un pez rojo boqueando; uno de tantos, de esos que ganas en la feria, de esos que olvidas en la pecera después de dos días, de esos que se van por el retrete, como el de Amelie, camino a ninguna parte. Me iría a ninguna parte si supiera dónde queda eso, pero nadie me lo ha contado, así que me quedo dando vueltas en la pecera.