jueves, 22 de mayo de 2008

Frivolidad

Hay ciertas cosas sobre las que no puedo escribir. Mis dedos se paralizan cuando las circunstancias me desbordan. No esperéis que comente hechos como el terremoto de Sichuán o el ciclón de Myanmar, que hoy vuelve a ser noticia porque se denuncia que en los mercados se vende –vende- los alimentos enviados por asociaciones y gobiernos como ayuda. No hace falta que escriba sobre esto y no me apetece sufrir escribiendo atrocidades hechas por el hombre (¿por quién si no?).

Aplaudo la iniciativa de hoy de Greenpeace de irrumpir en una empresa de armamento en Madrid, por mucho que la gente lo vea como algo inútil, lo que busca la ONG es la visibilidad, dar a conocer, manifestarse. ¿Cuántos sabíais de la existencia de Expal? Yo no, desde luego. Hacen falta acciones que nos conmuevan, nos enseñen y nos abran los ojos.

Muchas veces me preguntan qué es lo que me lleva a escribir. Algunos debéis de creer que me paro delante del ordenador y digo ¿sobre qué escribo hoy?. No, escribo cuando siento algo en la tripa, como si un lagarto atrapado no parara de agitarse. A veces oigo palabras en mi cabeza cuyo ritmo me dice que quieren ser escritas. A estas alturas sé que todo eso es síntoma de que tengo que ponerme a teclear y dejarlo salir. Normalmente las palabras toman forma, mientras que otras –las menos- se convierten en un cadáver de letras, en un borrador.

Por eso mismo escribo también sobre cosas frívolas a pesar de que algunos me digan que no me pega nada o que parece sacado de Sexo en Nueva York –jamás la he visto-, pero la frivolidad, al igual que el humor, es un mecanismo perfecto para dejar salir tensiones acumuladas por leer el diario o por ir en metro con un tipo al lado que huele mal y escucha una música horrenda que sale de su móvil sin auriculares. La frivolidad es necesaria siempre que sea una parte pequeña de nuestra vida y que no ocupe mucho de nuestro tiempo.

Mi maquillaje es frívolo, mi preocupación por mi piel amenazada por Anastasia y su ejército, mi interés por la ropa bonita –que no cara- y mis conversaciones acerca de la decoración étnica o de los hombres de pelo largo, también. Viva ese anestésico llamado frivolidad. Viva el humor y vivan los chistes de mal gusto si los presentes no pueden ofenderse.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Nunca me gustó mucho la palabra "frivolidad". Quizás por culpa de ese prejuicio siempre he preferido entender los pequeños detalles como antojos de la atención, dispuesta a disminuir sus herzios para no acabar quemada("overload"). Me ha gustado mucho la relación que creas entre la frivolidad y los analgésicos, porque refleja muy bien el paralelismo entre las repercusiones de atiborrarse a analgésicos frente a llenar tu vida de frivolidades (que al igual que los primeros sirven para mitigar el dolor, pero otro tipo de dolor).

Nayra dijo...

Pablo, esto empieza a ser preocupante... hemos escrito sobre lo mismo :)
No sé que es peor, si el empacho de realidad o la sobredosis de pastillas...
Muchos besos.