lunes, 25 de mayo de 2009

Letras

Llevaba años sin entrar.

Como cada domingo que vamos al pueblo de mi padre, íbamos hacia allí. Éramos muchos e íbamos en distintos coches. Nada más llegar, salté de mi asiento y busqué un olivo detrás del cual aliviar mi cistitis. Cuando volví al aparcamiento, no había nadie. Habían entrado todos.

Llevaba desde el 99 sin entrar, pero un poco por evitar la pregunta de siempre, un poco porque no lo pensé, entré.

Mientras iba hacia el fondo tenía la sensación de que no era para tanto. Llevaba exactamente diez años quedándome fuera y pensé que me había hecho mayor y que ya no me sentía rara en aquel sitio. Cuando llegué al fondo, mi familia casi al completo, vestidos todos para la fiesta que luego vendría, estaba alrededor del panteón familiar, como si nada, con escasa solemnidad y sin parafernalia alguna. Era de agradecer. Me acerqué y entonces sentí la misma parálisis y las mismas ganas de salir corriendo que tiempo atrás.

No era el hecho de estar rodeada de muertos, ni la horrible cruz que mi padre mandó a construir, ni las flores, ni el olor a cemento que indicaba que alguien acababa de ser enterrado.

Era la lisura del mármol rosa debajo de los tres nombres ya escritos en dorado. Era la visión de los centímetros cuadrados sin nada sobre ellos en esa losa vertical y el conocimiento de que bajo la lápida aguardaban -aguardan- tres nichos vacíos. Nada puede parecerme más macabro que construir a sabiendas un hueco en la roca que espera paciente el único hecho cierto, el único acontecimiento seguro en la vida de un hombre. La ausencia de las letras que llegarían, la apuesta inevitable acerca del orden de los nombres futuros y de sus correspondientes fechas, me transportaron a una dimensión hacia la que no quería dirigirme. Entonces llegaron los fantasmas.

Me pareció oír el golpe del cincel y el rechinar de las cuerdas contra una caja de madera y salí de ahí, muerta de frío bajo un sol de justicia, pretendiendo volverme una lagartija de las que estaban tomando el sol a las puertas del cementerio, para cobijarme por las ranuras de la tierra roja, y volver mi sangre fría y mi piel insensible y ser capaz de desprenderme de un miembro, acaso del cerebro, para dejar de pensar, acaso del hipotálamo, para dejar de sentir.

martes, 19 de mayo de 2009

Pereza

Me da pereza arreglar la puerta del armario. Me da pereza ir al supermercado.
Me da pereza pensar en qué música quiero escuchar. Me da pereza regar las plantas cada dos días porque el cambio climático así lo quiere. Me da pereza sacarme un billete con tiempo.
Me da pereza levantarme y saber que cuando me acueste nada habrá cambiado nada.
Me da pereza acostarme con A porque tiene pinta de ser de los que al día siguiente se quieren quedar a comer.
Me da pereza decirle a B que me llame más porque quizás más se convierta en demasiado.
Me da pereza ir a una fiesta por compromiso, así que no voy y quedo de maleducada porque también me da pereza inventarme una excusa.
Me da pereza ir a comprarme ropa interior porque no tengo en quién pensar cuando lo hago.
Me da pereza darle un beso a C porque sólo quiero un beso y me da pereza pensar en cómo le explico luego que no quiero que suba.
Me da pereza decidir qué película ver y por eso escribo perezosa y agotada, como queriendo salir de esta ventana y abrir otra contando ficciones de comida rápida. Me da pereza que me pregunten por el protagonista de mi post, aunque me encanta que lo hagan achacándolo a la verosimilitud de la historia. Me doy pereza, pero lo asumo.
No me da pereza escuchar una y otra vez la misma canción, no me da pereza ser cansina. Me da pereza buscar, pero no me da ninguna que me encuentren.
No me da pereza inventar, no me da ninguna intercalar mentiras y verdades. No me da pereza la escritura automática. No me das pereza cuando hablas, no me das pereza cuando callas, no me das pereza.
Me das pereza. Me da pereza la pereza ajena.
No me da pereza dar masajes, no me da pereza dar nada, no me da pereza dar, no me da pereza recibir. Me da pereza esperar, me desespero desperezándome, me desespero esperando, me desperezo mientras espero.

domingo, 17 de mayo de 2009

Dieciocho

Es curioso. Supongo que ahora sé por qué tenemos dos brazos en lugar de uno, entiendo por qué a veces es necesario beber y puede que hasta empiece a hacerlo cada vez que quiera escaparme para perderme en una dimensión paralela.
Cuando cumplí dieciocho sentía tal horror por todo lo que me rodeaba, me aborrecía tanto, que no quería cumplir años nunca más. Todo lo que recuerdo de ese día es una foto absurda que mi madre se empeñó en hacerme, con un pantalón blanco y una rebeca roja, con la piel blanca y los labios rojos, con el pelo recogido y la mirada seca. Había vivido una adolescencia revuelta, me había dedicado a andar con la cabeza hacia abajo y a acariciar todo aquello que me alejara de lo que era. Llegaron los dieciocho y sentí un desconcierto tal que inventé todas las formas posibles de odiarme. Como siempre que me propongo destruir algo, lo conseguí.
Han pasado diez años y no sé si ese 99 aún me duele como un puñal atravesado o si, simplemente, ese dolor es el que se siente cuando te sacas poco a poco algo que tienes dentro. Lo cierto es que el recuerdo de esa época me transporta a un estado de semiinconsciencia con el que no puedo lidiar.
He cumplido veintiocho y los he celebrado como si fueran los alegres dieciocho que nunca tuve, viendo las cosas desde fuera, saliéndome de mi propio cuerpo, perdiendo capacidad autocrítica, observándolo todo como a través de una ventana, buscando la inocencia que dios sabe en qué momento decidí sustituir por cualquier cualidad nociva y peligrosa.
Y aquí reposo, 3 días después, acercando mi nariz a mi piel para darme cuenta de que vuelvo a oler como un espíritu adolescente.

lunes, 20 de abril de 2009

Llamada

El otro día me llamó una amiga.
Le contesté al teléfono con un hola tirando a efusivo.
-¡Hola!
-¿Le conozco?
-¿A quién?
-Al del big mac

Ay dios, el puto big mac me está haciendo dar más explicaciones que la Lewinsky a Clinton.

-No lo sé
-¿No lo sabes?
-No

La verdad es que no sabía si ella le conocía. ¿Cómo iba a saberlo? Yo, desde luego, no conocía al chico del mac donald's, pero por mucho que me hubiese inventado la historia, eso no quería decir que el chico que me dejó plantada y que olía a ariel, no existiera.

-¿Pero quién es él?
-Es que no lo sé ni yo
-¿Cómo? Pero tú has escrito la historia, tú sabrás quién es él...
-Es que no lo sé, esa historia no ha ocurrido
-Ah, o sea, que él no existe
-Yo no he dicho eso, supongo que en algún lado, ese pibe estará atiborrándose a papas fritas, quizás en un centro comercial de la periferia. ¿Cómo voy a saberlo?
-Te das cuenta de que lo que dices no tiene ningún sentido, ¿no? Eres consciente de que estás diciendo una estupidez, ¿verdad?
-Mira, yo no soy quién para decir que esa persona que según mi historia me dejó delante de una hamburguesa no sea real, porque si fue capaz de salir de mi cabeza, quizás está en algún sitio

Mi amiga me dijo que cada vez me entendía menos y me preguntó si me encontraba bien, insistiendo en que me echara una siesta que, por supuesto, no me eché.

Yo sigo sin entender su sorpresa, es cierto que no tengo ni idea de quién era él, pero eso no es motivo para ir diciendo por ahí que ese tipo no era nadie. No soy quién para asesinar a los productos de mi imaginación, quizás ellos existan, puede que incluso la historia, sin haber ocurrido, tenga algo de real...

jueves, 26 de marzo de 2009

Big macs, razones y semanas sin llorar

Continuación del post anterior
"Hace semanas que no lloro"
Eso pensaba mientras le esperaba en mi casa regando las plantas, quizás por la asociación del agua cayendo, o no. No lo sé. El caso es que pensaba en que hacía como cuatro semanas que no lloraba y creo que algo me decía que iba a llorar ese día.

Se empeñó en que no hiciera la cena, que no tenía hambre y se plantó en mi casa con una bolsa del Mac Donald's y dos mac menús: uno cuarto de libra y otro big mac. No sé cuál te gusta más.

Le conocí hace unos cinco años, tuvimos una historia que se acabó como se acaban las historias sin futuro, seguimos quedando unas cinco veces al año para tomar algo y, hace un tiempo, le llamé con unas ciertas intenciones que se volvieron actos reales y repetitivos.

En esta segunda etapa descubrí que su madre seguía haciéndole la compra y que por eso su ropa olía ahora como cuando yo se la quitaba años antes. Como iba diciendo, nos liamos durante dos meses, hasta el día del McDonald's a domicilio: en el momento en que le vi entrar y reparé en la bolsa, supe a qué venía.

Se sentó, sacó las hamburguesas y me preguntó cuál quería; le dije muy seria que no comía mierda y se encogió de hombros. Se comió primero el big mac al que previamente retiró los pepinillos y añadió dos sobres de ketchup, luego un paquete de patatas, luego medio cuarto de libra -repitiendo la operación anterior- y al final la mitad del otro paquete de patatas. Deluxe, como si esa fritanga inmunda pudiera ser delujo. Entre bocado y sorbo de pajita tuvimos la siguiente conversación:

-lo de liarnos mola y eso, está bien, pero te veo distinta
-distinta
-sí, como más, no sé...
-¿más qué?
-como... ilusionada
-ilusionada, yo; ilusionada, contigo
-sí, no sé, te brillan los ojos. No quiero que confundas las cos...
-soy miope, a los miopes nos brillan los ojos
-ya, pero, tía, no es la miopía, es...
-¿es qué?
-es que, mira, que se te nota
-¿la miopía?
-¿qué? que no, coño, que dejes la miopía...
-¿la alergia? es la época, me pican los ojos...
-pero tía, que no, que tengo mis razones, que se te nota que para ti hay algo más y yo estoy bien así, solo y, vamos, que tan amigos como antes, que eso no va cambiar
-ah, sí, vale, amigos por decir algo, guay, pero de verdad que no me gustas, que...
-¿quieres el pepinillo?

Cogí el pepinillo con la yema del dedo índice, como si fuera una lentilla. Me lo comí. Sabía a hamburguesa. Lo escupí. Ni servilleta ni nada, lo escupí en la caja de cartón.

-tía, no te enfades
-no estoy enfadada. Me la suda
-no te la suda, acabas de escupir el pepinillo
-¿eres gilipollas? que escupa el pepinillo no quiere decir que esté cabreada
-bueno, como quieras, pero tía, en serio, como amigos, ¿eh?
-vete
-¿qué?
-que te vayas, en serio. Has terminado de cenar, ¿no? Pues, como amigo, vete. Quiero estar sola
-¿ves? te has cabreado
-no. Lo que pasa es que ahora quiero estar sola y que deje de olerme a ariel mezclado con salsa deluxe.
-tía, cómo eres
-deja de llamarme tía. Vete, por dios

No recogió nada, le acompañé a la puerta. Cuando volví al salón, miré la media cuarto de libra. La abrí, le metí los tres pepinillos no escupidos y me la comí.

Después me eché a llorar, un poco por el remordimiento de meterme grasas saturadas en el cuerpo, un poco porque que un tío se plante en tu casa con dos mac menús de mierda para decirte que no quiere seguir liándose contigo, es de las cosas más degradantes que te pueden pasar. No he vuelto a llorar desde entonces.

martes, 24 de marzo de 2009

Plagios, mentiras y semanas sin follar

Hace tres semanas que no follo.
Ése iba a ser el principio del último post que me andaba por la cabeza, hasta que leí el de David y decidí que no podía empezar casi de la misma manera en la misma semana. Hoy, mientras iba acompañada de una casualidad de las mías, me lo he encontrado en la plaza de la Paja y le he contado la coincidencia. Me ha mirado divertido y ha dicho plágiame. Eso me ha dicho, que le plagiara, y eso hago: mantener la frase que tenía en la cabeza a la vez que él.

Quizás realmente haga tiempo que él no folle, puede que incluso yo también lleve semanas sin follar, pero eso de lo de menos. Lo que cuenta es que los dos teníamos la misma frase en la cabeza, que hoy me ha dado permiso con su acento gallego para contar mi historia de no-sexo y que la primavera nos hace pensar en si follamos o no follamos, o si follamos y bien, gracias, o si follamos esperando mejorar nuestra vida sentimental.

Lo que iba a contaros es que hace tres semanas que no follo -en caso de que algo de lo que cuente aquí sea verdad- y que eso me crea aprensión.

Contando que esta vida que aquí os cuento sea una vida y no un invento, hace tres semanas que no follo porque la agenda se me acabó. Repasé los años que os contaba el otro día y me tiré a gran parte de mi calendario personal; el que es como un biólogo se recluyó en esa casa que nunca conocí y el que jamás se quedaba a dormir cerró nuestra historia-segunda-parte delante de un big mac sin pepinillo, diciendo que no quería confundir los términos y que a mí empezaban a brillarme demasiado los ojos. Resulta que come basura, pero es sensible. Los demás encuentran excusas como puños cada vez que me llaman.

Hace un par de meses conocí a unos chicos encantadores con los que salgo a menudo. Realmente encantadores, tanto que me da como pena tirármelos. Sí, como pena, pena de esa que hace que no abras una caja de bombones porque queda bien en la mesa y, claro, la perfección intacta sobre el aparador siempre hace bonito.

Ahora resulta que con el beneplácito de David ya puedo contaros esa historia de que cada vez follo menos, pero ya no quiero, porque resulta que empiezo a tener sueño y ganas de contaros que hoy me dije que me aburría y que tenía que pasarme algo y no sé si pasó algo pero, desde luego, algo pasó.

Otro día, quizás, os cuente esa otra mentira.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Atrás

Se cansó de tanto presente sin frutos, de no encontrar lo que buscaba, de su casa vacía, de no conocer nada mejor y echó la vista atrás.
Ha recuperado el pasado e igual se acuesta en verano de 2006 que se despierta en febrero de 2001 y estudia el paso del tiempo en aquellos cuerpos menos jóvenes pero siempre conocidos, algunos mal envejecidos aunque con el aliciente de los años que dan a los hombres ese punto interesante.
Recordó sin querer cómo uno siempre la tocaba como un médico y no como un amante cuando le sujetaba el codo o la cogía por la pantorrilla, cómo la miraba con la curiosidad de un biólogo. Se ha dado cuenta de que otro sigue usando el mismo detergente que cuando vivía con su madre, tanto tiempo atrás, y es el mismo que nunca se quedaba a pasar la noche, sino que se iba en cuanto ella cerraba los ojos.
Ciertas cosas que dormían en algún lugar de su memoria, alguien se ha encargado de recuperarlas. Como hace poco que, frente al espejo del baño, uno le dijo: "A menudo recuerdo la mañana en que me lavaste el pelo bajo la ducha y luego me lo cepillaste".
Más de uno le ha dicho últimamente que se le ha puesto cuerpo de mujer, y ella no entiende por qué antes no lo tenía de mujer o por qué aún no puede tenerlo de niña.
Y entonces le vuelve el peso del paso del tiempo y el peso del paso de la soledad que vino para quedarse y alguien pasa por su casa y se toma un té cuando antes tomaba latas y latas de cerveza y le dice que aquella planta era pequeñita y que ella aún llevaba el pelo largo y que cada vez es más tímida, pero mírame, coño, que parece mentira...
Y ella a veces llora cuando se levanta con ellos porque siente que no es capaz de crearse un futuro, sino que recupera pasados y se inventa presentes y dibuja historias que parecen un collage de guardería, hecho por la impulsividad de un niño, pero a sus años ya no, hostias, ya no.
Y compara sus vidas con otras y entonces siente un pinchazo y ve que no hay nada mejor que pueda hacer y coge el teléfono y busca en la agenda a esa persona que conoció cuando aún iba a la universidad y le llama y le dice peli, y sólo con eso, con decir peli, se está vendiendo al pasado y cuando cuelga dice mierda. Pero cuando dice mierda no se está arrepintiendo sino que está pensando que en el pasado se está calentito, que es una especie de madriguera, un refugio, una guarida menos peligrosa que el presente. Vuelve a decir mierda pero se perdona a sí misma porque con ése al que le dice peli no hace falta depilarse y ella siente que se expone mucho menos que en el presente inhóspito.
Y le va dando mordiscos al pasado, sin garantías, sin ganas, sin prisa, sin dejar de mirar hacia abajo cuando él o él o él le da un beso y se va.

jueves, 12 de febrero de 2009

Amigos y amantes

Los amigos tienen que ser pesados como rocas, viejos como montañas, insistentes como una madre. Los amigos han de sorprenderte una tarde llenándote el buzón con las canciones que les gustan, compartiendo citas que les recuerdan a ti, mandándote mensajes en clave de pasado. Los amigos están siempre presentes, como en una foto enmarcada. Me gustan los amigos que saben a Marylin Manson y a conciertos y a brisa. A ropa antigua, a plata sucia.

Los amantes tienen que ser livianos como la primera tarde juntos, deben pasar de puntillas por tu espalda estremecida y amortiguar cada gemido con la inicial desconfianza.

Su mirada ha de ser desconcertante, para que nunca podamos adivinarles. Los amantes viven en mundos mágicos de los que poco se sabe. Los amantes son gatos huidizos en lugar de perros fieles.

Los amantes deben tener siempre la piel tibia y cicatrices en algún lugar extraño. Tienen que tener manos rápidas y besarte a medias. Los amantes no explican, cuentan historias ligeras. Los amantes saben a té oriental de fondo amargo, como de cardamomo.

Los amantes son un baño en un mar frío en el que paralizarte y perderte. Los amantes convierten las camas en lechos de nieve donde estremecerse hasta olvidar el sentido de la realidad. Los amantes te transportan con su tibieza a un país donde siempre es invierno.

Los amantes son amantes cuando, a la mañana siguiente, los sientes enredados en tu pelo, dormidos en tu estómago, y te das cuenta de ese sabor a sal en los labios, ese regusto a hierro en el paladar.

domingo, 1 de febrero de 2009

Abortos

Llevo sin escribir desde el año pasado. Sé que no debería ponerme por obligación, pero lo cierto es que una de las dos Nayras siempre se pone pesada con la otra porque hace tiempo que no escriben. La culpa es de las dos, pero hoy parece que rompemos el momento del silencio.

Estoy en laisla, pero no en mi casa, sino sobre el mar. Estoy encerrada en un camarote porque fuera está nublado y sopla el viento y porque mis ovarios –que en este momento me imagino como dos ciruelas demasiado maduras- están deshaciéndose de la vida que nunca fue. Y duele.

Me he cansado de estar hecha una bola bajo cuatro mantas y de esperar a que el ibuprofeno haga efecto, ya que parece que esta vez no puede con mi fisiología, y he cogido el ordenador, he abierto el Word y el folio no ha estado ni medio segundo en blanco. Sí que tenías ganas, le dice una Nayra a la otra. Así empieza febrero.

Tengo la cabeza del revés y el mar de fondo parece estar directamente conectado con mi útero. Quizás sea por eso que, como últimamente oigo hablar de abortos más de la cuenta, porque la gente piensa menos de lo que debería o se corre con excesiva facilidad, hoy me he planteado algo absurdo: ¿y si se pudieran congelar los fetos que llegaron en mal momento? Imagina que te quedas embarazada cuando no toca, en vez de interrumpir el embarazo –me pregunto si ese eufemismo realmente alivia-, ¿no sería una buena opción mandar tu embrión a un limbo de cristal hasta que decidas recuperarlo? En España el número de abortos no para de subir; yo creo que es porque, de alguna manera, siempre se sabe que, en el peor de los casos, un polvo inconsciente puede terminar en legrado. Si esa opción no existiese y todo dependiese del momento del polvo y de la píldora del día después, como mucho, seguro que el número de embarazos no deseados sería mucho menor.

Así que yo me imaginaba un laboratorio de embriones aletargados que en algún momento alguien recuperaría o donaría, se implantarían en la tripa y tendrían un final distinto a la incineradora. Claro que, después de mucho imaginar, luego he llegado a la conclusión de que ese laboratorio se convertiría en un cementerio viviente de fetos que esperarían a que alguien fuese a recuperarles con la memoria que nadie quiere tener cuando se trata de permitir al pasado que vuelva.

Y después de todo esto, una Nayra le dice a la otra que no es compatible escribir con la regla y las dos se meten bajo las cuatro mantas a intentar dormir.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Crisis (en todos los sentidos)

Hay que ver lo que cambian las cosas. Hace un año escribía feliz y contenta sobre la llegada de la Navidad y hoy preparo la cama para meterme en ella y no salir hasta el siete de enero y a dormir, que es prácticamente lo único que hago, a parte de trabajar, de un tiempo a esta parte. Y me sienta bien.

Creo en las etapas así que tengo toda mi confianza puesta en 2009 para que venga y se lleve este 2008 a tomar viento. Yo pienso tirar mi agenda de este año para hacer como si no hubiese existido.

Y hablemos de crisis, no? que si no, no somos nadie. No está mal que el ayuntamiento de Madrid se gaste 4,6 millones de euros en luces de Navidad. Y conste que no digo que no las ponga, sino que se corte un pelo, coño. La mayoría de empresas se quedan sin jamón y sin cena, pero el ayuntamiento de Gallardón tiene que lucirse. Claro. Y la gente esperando, por ejemplo, por guarderías cuyas obras han sido paradas por la crisis... Pero las luces no se apagan, no sea que nos quedemos a oscuras.

Nosotros no nos lucimos, nos espera un año de crisis de puta madre. La comunicación se va a pique a base de bien. Los despidos en los medios de comunicación están siendo cuantiosos, pero, claro, a los medios no les apetece poner en su portada: Este diario despide al 30% de su plantilla.

Ya os contaré qué tal se quedan las calles de cara a las compras de Navidad. Sólo sé que este año, al volver del curro a casa, voy a tener que coger un helicóptero, porque el centro de Madrid va a ser un infierno de luces y compras. ¿Quién dijo crisis?

martes, 18 de noviembre de 2008

46.000 euros

Adivina adivinanza. Hoy vamos a intentar adivinar cuánto vale una persona en euros.

Para ello vamos a partir del siguiente caso práctico: tres chicos prenden fuego a una indigente que duerme en un cajero. Éste queda destrozado y aquélla muere.

Si tenemos en cuenta que la indemnización a la entidad propietaria del cajero es de 26.179, ¿a cuánto puede ascender la indemnización a la familia de la muerta?

Además, os voy a dar una pista: Telecinco ha sido condenada a pagar 50.000 euros a Carmen Bordiú por mentir sobre su vida.

Con estos datos podríamos hacer algunos cálculos y nunca llegaríamos al resultado real: 46.000 euros. La indigente -que no señora- cuesta cuatro mil euros menos que la señora Bordiú -que no nietísima mediatiquísima vendomividacuandomeconviene- y ni siquiera el doble que el cajero.

Creo que he planteado mal el problema: dije que íbamos a averiguar cuánto vale una persona. Quizás debí decir indigente.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Otro fin de semana. Sin más.

De aquí no te levantas hasta que tengas un post escrito. Y en condiciones, no vale cualquier mierda.

A veces pasa eso, cuando una de las dos nayras se pierde y desconcentra a la otra. Por ejemplo, hace un rato, una estaba limpiando la cocina y la otra le dictaba un post para este blog. Se inició una discusión entre ambas, la una porque no era el momento de escribir, pues estaba con un estropajo en las manos y la otra porque la una decidía limpiar mientras ella estaba inspirada.

Como veis la cosa acabó mal y ahora que la una escribe, la otra está de morros y ya no quiere dictarle cosas bonitas, por lo que este post será una cagada considerable. Hay días que tengo una orgía de nayras y no me queda otra que mandarlas a todas a paseo y tirar de ibuprofeno (palabra a la que le pega una hache, pero que no la lleva). Normalmente, como hoy y gracias al cielo, sólo tengo dos.

Por ejemplo, se van las horas de sol y casi no me ha dado la luz este finde. Contando que soy una persona especialmente diurna, esto no tiene mucho sentido, por lo que hay una seria disputa entre las dos. Una quiere sol y la otra manta y casa. Mi psicoanalista dice que con el tiempo tendré menos conflictos internos. Pero qué coño digo, si no tengo psicoanalista; joder, veo mucho cine argentino, me temo.

Las dos nayras son especialistas en pelearse los fines de semana. El sábado pasado, por ejemplo, la armaron frente a la jaula de los gorilas. Sí, ya sé que estoy en contra de los zoos, pero desde verano colaboro como voluntaria con un grupo de adolescentes problemáticos y esa fue la excursión que tocó, así que decidí que la causa valía el esfuerzo.

Pues ahí estaban las dos nayras rodeadas de pibes que hacían mil preguntas (cuándo vemos a las putas de la Casa de Campo era la más frecuente) y uno quiso saber por qué aquellos bichos se comportaban de manera extraña. Y una nayra decía que bueno, que claro, que son animales en cautividad pero que están muy bien cuidados y que así chavales como ellos pueden acercarse a verlos, pero la otra le tapaba la boca y rebatía: pues ya ves que egoísta es el hombre, querido, que es capaz de encerrar en este espacio de cemento a cientos de bestias y pierde el tiempo en crear un espectáculo con un delfín jugando al julajop y su cuidador haciendo surf usándole de tabla... y así se iban intercalando las dos nayras.

Lo que menos entendía uno de los pibes era que las aves no aprovechasen el espectáculo de vuelo para escapar. Yo tampoco, la verdad, y mira que ambos les gritábamos que lo hicieran, que tenían todo el espacio del mundo, todos los cielos y todos los árboles, pero no nos oían. Pobres águilas que un día se quedaron sordas a los consejos que les podrán dar la libertad. Llegaron los orangutanes. Las dos nayras lloraron, cada una una lágrima y dijeron: a casa. Cuando se despidieron de los chicos en el metro, se comieron un twix de máquina demasiado frío, pero indispensable para sentirse mejor, y caminaron con la cabeza gacha.

Es domingo por la tarde y las dos nayras se asoman por la ventana y esperan que alguna de esas rapaces pase por su ventana y diga: me he escapado. Como siempre, las dos nayras esperan más de la cuenta.