jueves, 22 de mayo de 2008

Frivolidad

Hay ciertas cosas sobre las que no puedo escribir. Mis dedos se paralizan cuando las circunstancias me desbordan. No esperéis que comente hechos como el terremoto de Sichuán o el ciclón de Myanmar, que hoy vuelve a ser noticia porque se denuncia que en los mercados se vende –vende- los alimentos enviados por asociaciones y gobiernos como ayuda. No hace falta que escriba sobre esto y no me apetece sufrir escribiendo atrocidades hechas por el hombre (¿por quién si no?).

Aplaudo la iniciativa de hoy de Greenpeace de irrumpir en una empresa de armamento en Madrid, por mucho que la gente lo vea como algo inútil, lo que busca la ONG es la visibilidad, dar a conocer, manifestarse. ¿Cuántos sabíais de la existencia de Expal? Yo no, desde luego. Hacen falta acciones que nos conmuevan, nos enseñen y nos abran los ojos.

Muchas veces me preguntan qué es lo que me lleva a escribir. Algunos debéis de creer que me paro delante del ordenador y digo ¿sobre qué escribo hoy?. No, escribo cuando siento algo en la tripa, como si un lagarto atrapado no parara de agitarse. A veces oigo palabras en mi cabeza cuyo ritmo me dice que quieren ser escritas. A estas alturas sé que todo eso es síntoma de que tengo que ponerme a teclear y dejarlo salir. Normalmente las palabras toman forma, mientras que otras –las menos- se convierten en un cadáver de letras, en un borrador.

Por eso mismo escribo también sobre cosas frívolas a pesar de que algunos me digan que no me pega nada o que parece sacado de Sexo en Nueva York –jamás la he visto-, pero la frivolidad, al igual que el humor, es un mecanismo perfecto para dejar salir tensiones acumuladas por leer el diario o por ir en metro con un tipo al lado que huele mal y escucha una música horrenda que sale de su móvil sin auriculares. La frivolidad es necesaria siempre que sea una parte pequeña de nuestra vida y que no ocupe mucho de nuestro tiempo.

Mi maquillaje es frívolo, mi preocupación por mi piel amenazada por Anastasia y su ejército, mi interés por la ropa bonita –que no cara- y mis conversaciones acerca de la decoración étnica o de los hombres de pelo largo, también. Viva ese anestésico llamado frivolidad. Viva el humor y vivan los chistes de mal gusto si los presentes no pueden ofenderse.

martes, 20 de mayo de 2008

Mareo de Tierra

Llevo dos días sintiendo cómo se mueve el suelo que piso, cómo me mece la silla sobre la que trabajo. Podría ser lo que se conoce como mareo de tierra: la sensación de seguir en un barco cuando ya has desembarcado.

Sin embargo, tengo mis dudas: creo que se trata más bien de un mareo de Tierra, en mayúsculas. Es una pena que el lenguaje oral no permita pronunciar las mayúsculas de manera distinta a las minúsculas.

He desembarcado de un barco, redundantemente, y he desembarcado también de laisla, metafóricamente. Me bajé de esa balsa volcánica cuyo interior siempre he imaginado hirviente de lava y cuyo fondo, repleto de cuevas habitadas por grandes peces.

Desembarqué y caí por un agujero, como Alicia; un agujero que me hizo atravesar las nubes tejidas por la distancia entre dos puntos: laisla y laciudad.
Laisla es una balsa de roca oscura que permanece varada interminablemente en el Atlántico al que Tomás Morales gritó ¡Padre!:

"El alma temblorosa se anega en tu corriente. Con ímpetu ferviente, henchidos los pulmones de tus brisas saladas y a plenitud de boca, un luchador te grita ¡padre! desde una roca"

Laisla cobija recuerdos de arena que aparecen y desaparecen a merced de las mareas. Los acantilados abrazan a un grupo de personas que se reencuentran y celebran rememorar y seguir juntos de lejos, juntos de cerca, juntos después de las inclemencias de los años, del castigo del océano que aísla, de la tierra que separa, del viento que borra la memoria, de la memoria que desgrana y selecciona el pensamiento.

El mareo de Tierra -de la Tierra, de mi Tierra- es el desvarío que me producen hoy la arena negra, la sal que huele a azul intenso, el Atlántico celoso de una balsa de roca que encalló como un barco exhausto y se paró allí donde siempre luce el sol. El recuerdo me devora como si fueran esos peces gigantes que habitan bajo laisla en mi cabeza, los que pintaba Néstor de la Torre, rodeando a los cuerpos dormidos, muertos sólo en parte, cansados de escapar, rendidos de esperar a que el tiempo decida. El mar me canta y me seduce como las sirenas a Ulises (sail to me, let me enfold you; navega hacia mí, déjame envolverte).

Hoy quizás me doy cuenta de que la prisión es relativa, de que hay que sentir la fuerza de cada ola, el latido de la lava extinguida dentro de un volcán muerto. Cuando los elementos vibran te hacen volver la mirada -las algas te atan el tobillo-, te traicionan y te llevan hacia el recuerdo que te devuelve el pulso. El pulso de la vida, la pulsión de la huida.

lunes, 12 de mayo de 2008

Primavera

Porque suena Mar, el poder del mar
Porque el domingo sale el sol sin que haga calor ni frío
Porque el jardín vertical tiene mil colores
Porque me vestí de rosa
Por fumar narguile de manzana y tirarme descalza en una alfombra
Porque hago una maleta...
...y ya casi toco el mar con los dedos de los pies
Porque me tomo una clara de limón aunque no debo
Porque como samosas vegetales en una terraza
Porque veo cómo se apaga la luz de la catedral sentada en el césped de cuesta imposible
Porque a alguien el momento le recuerda a una escena de L’ultimo bacio
Porque la manzana es hoy más roja y desprende más luz blanca
Porque no importa sentirse extranjero si todos los que estamos nos sentimos igual
Porque la poesía está detrás de cada esquina de Madrid... Por fin
Por la paz interior
Porque un pájaro hizo caquita, me cayó encima y me reí
Porque la noche es el final de todo un día
Por los casi 27
Por los tomates raf y el guacamole
Porque mañana puede esperar
Por hacer de la rutina un regalo
Por ver, por primera y supongo que última vez, una estrella fugaz en la ciudad

...por todo eso, sé que es primavera.

domingo, 11 de mayo de 2008

Sadismo de mayo

Es mayo y estamos en Madrid. Las Ventas abarrotada: puro, mantilla y ojos ávidos de sangre y sadismo.

Tradición, cultura, arte. Detrás de estos tres escudos España defiende y mantiene las corridas de toros. Es cierto que es una tradición, pero ¿hasta cuándo? Hay muchas tradiciones que han sido revisadas a lo largo de la historia para ser posteriormente abolidas. Se supone que el ser humano evoluciona y corrige, que la visión que tenemos ahora no es la misma que teníamos antes, que vamos para adelante y no para atrás. Sin ir más lejos las reformas de la Constitución y de los códigos penal y civil son un ejemplo de que el mundo cambia y hay que hacer reformas.

Tradición. Las peleas de perros eran una tradición y están prohibidas, pero, claro, los perros son distintos. El perro es el mejor amigo del hombre. La mayoría de insanos que acuden a la plaza tienen un perro con un nombre ridículo por el que se dejan lamer la cara y al que ponen lazos en las orejas. Yo me pregunto qué sentido tiene cuidar y alimentar a un animal -por el que habrán pagado unos 700 euros- y luego ir a disfrutar de la
muerte en vivo de otro. Ah, sí, claro, la tradición.

Cultura/Arte. ¿Qué precio hay que pagar por la cultura? ¿Qué es la cultura? ¿No hay que ponerle límites?
Guillermo H. Vargas es un hondureño que ató a un perro en una galería y lo dejó morir de hambre (detrás de él, la frase "Eres lo que lees" escrita con comida para perros). Él presentó su obra de arte, y los que le otorgaron el premio de la Bienal de Honduras, lo recibieron y galardonaron como tal. Los medios se hicieron eco denunciándolo y todo el mundo reenvió un mail pidiendo firmas en contra. Claro, es un perro, qué pena. Poner a un toro en una plaza y acribillarlo durante una hora, exponer a un caballo a que el toro le empitone, ¿no es la misma barbaridad? Límites, por dios, límites a la sinrazón.

"Es el hombre contra el toro". Y una mierda. Es un toro apaleado previamente, probablemente drogado, contra un hombre armado y escoltado por una cuadrilla. Es la muerte de antemano; no es la
Fiesta del Toro, es la Fiesta de la Muerte.

En realidad, me sobran los motivos y los argumentos, pero ni siquiera me esfuerzo demasiado en darlos. Si me tengo que quedar con alguna reflexión me quedo con ésta: ¿Qué clase de personas son quienes acuden a ver la tortura, qué clase de seres somos si nos divertimos y admiramos ese sometimiento, esa cobardía? ¿Qué sentimiento primitivo y asesino nos arroja al abismo del sadismo? La sevicia nos condena.

No respeto, señores, no respeto. Respeto otras costumbres de las que no participo (fútbol, romerías, fiestas populares), pero no puedo respetar la barbarie, no puedo comprender. No puedo y no quiero.
Tolerancia cero.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Buenrollismo

Es un hecho que hay gente que se pasa la vida haciendo estupideces, pero lo peor llega cuando le dices a alguien que lo que acaba de hacer no está bien y esa persona se defiende en nombre del buen rollo. El buenrollismo es la religión del siglo XXI. El buen rollo nos protege de nuestras acciones porque las llevamos a cabo en su nombre. El buen rollo lo justifica todo.

Por ejemplo, estás en un pab tomándote algo con unos amigos, llega un desconocido y te agarra de la cintura mientras se comporta como Torrente; cuando le preguntas que qué demonios hace te mira como el imbécil que es y te dice "Tronca, de buen rollo...". Ah, claro, si es de buen rollo entonces sí puedes restregarte contra mi anatomía como un perro en celo.

Otro clásico es la piba que viene y te grita al oído. Te deja medio sorda y cuando la miras con cara de asco te dice que era de buen rollo y que eres una amargada. O sea, si yo no fuera una amargada adoraría que me vinieras a destrozar el tímpano, ¿no?. Cuando no les sigues la corriente te llaman amargada, borde, sosa o cortarrollos. Tú estás jodidamente obligado por las leyes del buen rollo a seguirle la bola al tarado que ha decidido meterte en su juego.

El respeto a los demás no es una norma social, es una variable inversamente proporcional al grado de buenrollismo que lleves encima -y de los miligramos de alcohol en sangre-. A mayor buen rollo, menor respeto. Si tú estás de súper buen rollo, puedes, claro está, berrear todas las canciones de Bisbal en plena calle a las 5 de la mañana. Si encima es sábado, no sólo puedes, sino que debes hacerlo. Si es agosto, llévate timbales, castañuelas y guitarra.

En mi barrio, el buen rollo se mide en litros. Litros de alcohol. Y litros de pis. Uno bebe y, por consecuencia fisiológica, mea. Y, por consecuencia buenrollista, mea en la calle. Estoy harta de sortear charcos de pis -y de vómito-. Las veces que me ha dado por recriminar a los meones en acción, he tenido distintas respuestas: "¿y dónde coño quieres que lo haga?" (el meón tiene 5 bares abiertos a sus espaldas), el clásico "veteatomarporelculo" y, lo más excitante, un hijodeunperro que me apuntó con la cola -intuyo que pequeña-.

El dios buen rollo justifica todas estas acciones, porque la gente se reúne de buen rollo, fuma y te suelta el humo en la cara de buen rollo, bebe de buen rollo, mea de buen rollo, se salta los semáforos de buen rollo, pone la música a todo volumen de buen rollo y tú no eres nadie para recordarle dónde acaban sus derechos y empiezan los de los demás.

Hoy un compañero de curro ha recibido un meil -a su cuenta del trabajo- de un colega que debía de estar de muy buen rollo: al abrirlo, un dantesco vídeo de muy mal gusto ha empezado a saltar por toda la pantalla con un mensaje que decía "estás jodido, intenta apagarlo". Era imposible cancelar aquel vídeo o salir de ahí. Tuvo que reiniciar el ordenador, perdiendo todos los cambios del documento en el que curraba y abochornado por aquella escenita que estuvo cinco minutos brincando en su monitor delante de sus compañeros. ¿En qué piensa la gente cuando hace esas mamarrachadas?

Y es que los buenrollistas no piensan en las consecuencias de lo que hacen, sino solamente en las risas que se echan al momento. Me parece triste, e incluso preocupante, ese escudo del buen rollo que justifica lo injustificable, que convierte lo intolerable en cotidiano. Que hace que a todos los jóvenes se nos meta en el mismo saco. A veces pienso que quienes perjudican a los demás podrían irse un poquito a la mierda, pero de buen rollo, claro.

domingo, 4 de mayo de 2008

De palabras y paisajes

Llevo días interrogándome acerca de la magia que duerme en las palabras. Que las palabras encierran misterios es algo que ya sabíamos. Que alojan errores, también. En este viaje se me ha metido en la cabeza la palabra pueblo y, aunque en español significa varias cosas, le daba vueltas a la acepción "conjunto de personas de un lugar, región o país". Es curioso cómo en italiano se dice pòpolo, sin que este sustantivo signifique ninguna otra cosa. Il pòpolo hace referencia sólo a la comunidad, no a una villa o ciudad como sucede en español. En inglés se dice people, que también significa gente.

No termino de tener claro el motivo de esta colección y posterior análisis y traducción de palabras que he llevado a cabo en días pasados. Supongo que ayudará saber que la otra palabra que tengo atrapada, ya no en la cabeza sino en el estómago, es casa. Casa entendida como hogar, home en inglés, no house.

No sé a qué pueblo pertenezco, mucho menos dónde está mi hogar. Llevo días buscando en paisajes verdes la respuesta que lleva tantos años aletargada, dormida perennemente. No la he encontrado. No es una sensación que me duela, pero me arde. Me pica como el primer sol de mayo. Es como si un pequeño fuego fatuo andara acechándome tras haberlo recogido de los bosques que han mecido mis alegrías en estos días y traído ahora de vuelta a la ciudad en la que vivo -hoy no puedo ni decir mi ciudad sin sentir que miento-.

Tengo un ciprés atragantado en la gola , un cielo -azul como sólo el cielo de la infancia- ocupando el lugar de mi cerebro, un manto de margaritas trepando por mis piernas, una colina reposando en mi vientre y un campo de tréboles enredado en mi pelo. Mi memoria está anclada en un valle. Mis manos sangran sin dolor después de escarbar la tierra en busca de raíces, palabra que late en mi corazón.

No es tristeza, sino la sensación de caminar sin rumbo, de flotar a la deriva, de nadar maradentro buscando el camino que ha de guiar mis pasos. Es sentir que ahora brillo con una radiante luz blanca, como una manzana bermellón recién arrancada del árbol, pero con la duda de si brillo condenada a que la ciudad me apague, como se apaga la fruta en el frutero.

sábado, 26 de abril de 2008

Retrato

Me he levantado y las dudas esculpían mi cuerpo en pronunciados escorzos mientras que mis ojos estaban huecos como los que vimos esta tarde en los cuadros de Modigliani. Esos ojos, como rotos, no ven ni permiten ser mirados. Esas modelos de Montparnasse vestían trajes a juego con sus iris, azules acerados. Son los ojos huecos de las máscaras africanas. Me dan miedo. Tuve yo acaso esa mirada al levantarme. Sentí yo acaso el acero frío y azul en mi cabeza.

La impaciencia rompe una sala de exposiciones azul oscuro, de qué color si no. Me miro al espejo y veo ahora los ojos que pinta Kisling, grandes e iluminados.
Se acabaron los ojos de ciega, la niebla que los empaña, el gris permanente y hueco. Adiós a la piel transparente, la mirada invidente, el paisaje invisible, el Madrid huidizo, los sueños opacos y los deseos impenetrables.

Esta tarde mis ojos se abrieron a la primavera que irrumpe y tengo ahora una mirada ancha aunque cansada. Cansancio es buena señal. Hoy tengo la piel blanca y el pelo oscuro que pinta Foujita. Y mi alma es del color con que pinta Chagall. Hoy canto; hoy soy amarilla y roja.

domingo, 20 de abril de 2008

Los amigos de Piterpán

(Continuación del post anterior, Piterpán)

Los amigos de p
iterpán -al contrario que los de Peter Pan- visten también de verde. Son un ejército de plumas rojas -las del gorro- que beben cerveza y se dedican al proselitismo en estado puro.

Ellos son el diablo mismo y los peores enemigos de cualquier novia. El día que tu chico se digna a presentártelos -cuando tú todavía no sabes que duermes con piterpán- nada más llegar al garito roñoso de turno te dicen cosas del tipo: "Pero qué guapa eres" y a él: "Joder, macho, qué escondida te la tenías". Se interesan por lo que haces en Madrid y con quién vives -no sea que compartas piso con alguna piba que les puedas presentar-. Tras varias cervezas te cogen del hombro se acercan en exceso a tu oreja y te dicen: "En serio, tía, no sabes qué bueno es, te llevas a un partidazo, tienes que cuidarle mucho, le conozco de toda la vida. Le quiero como a un hermano".

Si en ese momento no te vas, te arriesgas a que pasen al güisqui y acabes escuchando algo que hará que acabes viendo en ellos al mismísimo anticristo: "De verdad que es un chico majísimo, lo que pasa es que no ha tenido suerte con las tías. Es que mira: resulta que Sara, la anterior, que no era ni de coña tan guapa como tú, le trataba mal, le condicionaba mucho...". Tu ceja empieza a arquearse, tú intentas reprimirla. Tu anatomía se subleva. Has puesto cara de: "¿Pero y este anormal?". Él se da medio cuenta y te dice "No te molestará que te hable de su ex, ¿verdad, Sara?". Le escupes; bueno, no, no le escupes, pero te mueres de ganas de hacerlo. Te vas al baño. Te lavas la cara. Vuelves. Te colocas en el punto más lejano al imbécil.

Llega la hora de pagar la cuenta: pretenden pagar todo a partes iguales. Ellos van como cubas y pretenden que tú, que te has tomado una coca cola, les pagues las birras, las copas y les subvenciones tu noche del carajo. Tu novio paga por los dos (tiene que lucirse). Te ahorras la discusión.

En las sucesivas citas con la panda de mamarrachos, no hay un día que lleguen antes de media hora tarde. Aparecen como si nada y encima te sueltan: "Joder, estás helada, cómo se nota que eres del sur/parece mentira que seas del norte". Les contestas que es normal después del rato que llevas esperando en el jodido Oso y el madroño y te dicen: "Bueno, ya sabes, la media hora de cortesía". Y tú que pensabas que la cortesía eran 10 minutos...

Ya llevas unos meses con tu piterpán, así que te dicen perlas del tipo: "Joder, tronca, desde que éste está contigo no le vemos el pelo" y no se cortan en preguntarte: "¿Y tú no tienes amigas?", no sabes si porque lo que quieren es que te vayas con ellas y les dejes hacer el capullo a sus anchas o si lo que les apetece es conocer chicas. En realidad, te resbalan los porqués que pasan por la cabeza de esa manada de dementes.

Los amigos de tu novio-piterpán son proselitistas piterpánicos. Cuando están a solas practican un sectarismo de manual lavando el cerebro del que tiene novia. Los más descerebrados intentan presentarle tipas que encuentran en los bares para que un desliz mande a la mierda vuestra relación.

Poseen la asombrosa capacidad de llamar en los peores momentos y tu chico lo remata con la proeza de contestar al teléfono en plena discusión, plena noche o pleno polvo. La cosa es cagarla.

En todo grupo de piterpanes hay uno que se esconde en el armario. El tío no sale ni a hostias. Los amigos no colaboran porque se empeñan en tratarle como al más macho de la cuadrilla. El pobre no tiene una pluma en el gorro, sino que tiene 27. De camino a casa, tras varias citas observando al palomo cojo detenidamente, le preguntas a tu novio si Ramón es gay. El otro te mira como si hubieses dicho la mayor sandez y se ofende: "Pero qué coño dices, no tienes ni puta idea. Es que es tímido". Ya, claro, pobre Ramón...

La mayoría de los colegas de tu piterpán son feos que se empeñan en disfrazarse de guapos, convirtiéndose en feos de cojones. Y son ridículos. Hay alguno que se salva y podría ser medio mono, pero tiene cara de lelo y se ha fumado demasiados porros, por lo que nunca tiene novia ahorrando así el disgusto a las mujeres del mundo.

No es que sean solteros convencidos: son desgraciados de la vida. Por eso mismo, asumen el rol de convencer al que se ha echado novia de que ellas son un coñazo y de que los colegas molan más. Cuando ya estás harta, jodes al que tienes más a mano con un: "Cuéntame, ¿y tú no has tenido novia?". En ese momento has declarado la guerra; pega un trago, se enciende un pitillo y te dice: "Bueno, hace tiempo había una piba...". Te suena al principio de Caperucita Roja. No sabes si es algo tan lejano que ni lo recuerda o es que se está tirando un farol. Te la suda. Le odias. En ese momento oyes que se refiere a ti como la parienta. Se acabó. Te vas a casa. Arsénico para todos.

sábado, 19 de abril de 2008

Piterpán

Peter Pan era un niño imaginario vestido de verde que no quería ser mayor. Los piterpanes, por su parte, son aquellos hombres que se niegan a crecer y a asumir responsabilidades.
La detección del piterpán (PP) es bastante complicada, ya que tiende a ocultar su carácter piterpanista hasta pasados algunos meses de relación. Antes, se lo curra de manera notoria.

Suele pasar que a los 4 meses de historia en común, nuestro chico -que aún no ha sido identificado como PP- entra por la puerta con cara mustia. Tú le preguntas qué le pasa y tras tres nadas seguidos, te dice un cuarto nada: "Nada, que mis amigos dicen que he cambiado". En ese momento, tú coges aire, le miras y te parece ver un gorrito verde con una pluma roja sobre su cabeza. Para parecer comprensiva, aunque sabes de memoria lo que te va a decir, le preguntas: "¿Por qué, cariño?" y él te contesta: "Bueno, dicen que desde que estoy contigo no les veo tanto como antes y que no soy el mismo".

Claro, sus amigos no entienden de matemáticas: no saben que si las horas del día son 24 y, de repente, entra una persona nueva -su novia, o sea, tú- en su vida, el número de horas no crece exponencialmente a su merced, por lo tanto, hay que dividirlas. Es lo mismo que cuando la universidad se acabó y empezó la jornada laboral de 8 horas, pero, claro, entonces no había un sujeto tetudo al que culpar. Respiras hondo -de nuevo- y le preguntas: "¿Y tú qué opinas?" y él te responde: "Pues que igual tienen razón". Claro. "¿Y qué piensas hacer?" Te mira con cara de letra cursiva y te suelta: "Me voy a proponer verles más".

Esta es la conversación que te hace tambalear. Él entra en crisis durante cuatro días, rescata su camiseta de Nirvana, sus casets de "varios", se va a casa de los colegas a jugar a la Nintendo -a un juego rivaival de Super Mario- y tú esperas y desesperas. Hace cosas que no sabías que le gustaban -quizás ni siquiera le gusten-, como ver partidos de 3ª regional, ir a la bolera, intentarlo con la bici de cross... todo con tal de estar con los despechados colegas a los que tiene que reconquistar. A ti, que te parta un rayo que ya se lo curró los primeros meses pa tenerte atadita.

A raíz de ese hito en vuestra historia empiezas a dilucidar otras características piterpanistas, a saber:
Las copas a 12 euros, las entradas de las discotecas, la tabla de surf nueva, los viajes por tierra con algún fin lúdico/deportivo o el último juego de la Play son gastos normales y necesarios -hay que ver qué caro está Madrid desde el euro- pero los restaurantes modernitos de Chueca, las salidas de fin de semana a una casa rural y, por supuesto, un viaje en avión, es un lujo que no se puede permitir.

Este último caso es más significativo cuando él es un PPP -piterpán pijo-. Se gasta fortunas en ropa, en todo tipo de gadgets y moderneces tecnológicas e, incluso, con un poco de suerte, te hace regalos para tenerte contenta. Y calladita.

Es egocéntrico y narcisita. Lava los platos un buen día para que te pases una semana diciéndole lo bueno que es y lo mucho que te ayuda. Busca la palmada y el reconocimiento como camino hacia la autocomplacencia. Es ombliguista y no soporta una broma sobre su físico -probablemente esculpido en algún gimnasio correspondientemente caro-.

Los piterpanes adoran verte en el sofá. Ellos llegan de currar, de hacer sus machadas, de drenar su estrés con el deporte de turno, de desahogarse con los amigos, de tomar cerveza, de la puta calle, en definitiva, y les encanta que estés ahí, con una camiseta de algodón y tu cara lavada. Adoran el abrazo que les das y lo confortable del sofá-con-piba-en-él. Además, los piterpanes quieren sexo a todas horas para quedarse relajaditos y contentos.

Un piterpán nunca te propone un plan hasta que consulta la agenda de los amigos, el calendario de la liga y el parte meteorológico. Un piterpán sólo está disponible para ti cuando no tiene nada mejor que hacer. Si los amigos le llaman cuando ya ha quedado contigo les dirá "Uf, hoy me toca salir con ella, ya sabes, es lo que hay...", con voz de que ese plan es lo peor que le ha pasado en su vida.

Si le sacas el tema hijos, el piterpán dice que sí, que por supuesto, que eso es bonito, que con 39 empezará a planteárselo; si le mencionas tu reloj biológico te nombra a Ana Rosa Quintana y te dice que eso era antes, como si el progreso hubiera llegado a tus ovarios.

Llegados a este punto, cuando miras a tu chico-piterpán ya no sólo le ves un gorro verde, sino que te fijas en que lleva también el traje, las mallas, los zapatitos y todo de ese color.

Cuando les dejas, lloran lágrimas verdes y patalean y te dicen que no te vayas, que van a cambiar... Les das la oportunidad, pero siguen siendo verdes y sólo te queda decirles: "cuando crezcas, llámame". Y te vuelves a cabrear contigo por haber perdido el tiempo.

jueves, 10 de abril de 2008

Pintauñas

Cuando era pequeña los sábados tenían un olor especial. Ese olor salía de la cocina, pero no era un olor a tarta de manzana ni a potaje de verduras ni a croquetas de pescado. Era un olor más intenso, un olor que hoy adoro y al que me he vuelto adicta porque se ha convertido para mí en el olor de mis recuerdos: el olor a pintura de uñas.

La cosa iba así: terminábamos de comer y mi padre se iba a dormir sus siestas eternas mientras mi madre recogía la cocina. Al ratito sonaba el teléfono y yo, desde mi cuarto, oía a mi madre decir: "Sí, estoy acabando, vente", sólo eso. A los cinco minutos, la puerta de la cocina se abría -previo ladrido de los perros- y ellas se saludaban sin beso, con esas palabras de todos los días: un quéhiciste (de comer), un coñofuertecalor, un miratedejoahíeso, un vayarosastehansalido... Entonces yo veía a mi madre pasar por delante de la puerta de mi habitación, caminando con paso rápido hacia el fondo del pasillo, abrir las puertas hacia el baño y volver hacia la cocina con las pinturas -en Canarias las llamamos así- y los enseres de la manicura.

Se sentaban en la cocina, ponían un mantel y unas revistas para no manchar, tomaban café, fumaban y empezaba el ritual: mi madre le hacía la manicura a nuestra vecina, con todo el mimo del mundo; recuerdo las tijeras, la lima, las toallitas, el limón (todavía me pregunto para qué se restregaban las manos con limón)... Elegían colores según el humor, según la ocasión; me llamaba la atención por qué a veces escogían un tono y a veces otro.

Siempre he odiado el sonido y la sensación de la lima contra las uñas, así que me incorporaba después, en cuanto oía el ruido que hacía mi madre al agitar el bote del esmalte contra su alianza. Aparecía por la cocina y hacía mil preguntas; no perdía detalle de lo que ellas hacían. Mi madre se las pintaba a su amiga y luego a ella misma. Yo siempre le preguntaba a mi vecina, ¿pero tú no las sabes pintar? y ella me contestaba -riendo, porque ella para mí sólo tenía risas, sonrisas y bocadillos de nocilla- que no veía muy bien y que mi madre las pintaba mejor.

Entonces yo pensaba que, de mayor, también le pintaría las uñas a mi vecina. Fantaseaba con crear la misma rutina de fin de semana, con esos ratos en la mesa de la cocina, hablando y pasando el tiempo; estableciendo un vínculo alrededor de un bote de esmalte. Pintando la amistad sobre una uña, oliendo su olor. Su olor a acetona rosa.

Han pasado los años y siempre que veo un bote de quitaesmaltes, lo abro y lo huelo. Cuando cae en mis manos un bote de pintura, lo agito contra mi anillo recordando el ruido que hacía mi madre. Ahora sé que no necesito una amiga a la que pintarle las uñas, sino que soy tan torpe que necesito una amiga que me las pinte a mí. Nunca llevo las uñas pintadas porque no sé pintármelas. Si las llevo es porque he estado con mi madre, que me compró el año pasado un botecito rojo -muy pequeño para no desperdiciarlo- para cuando viene a verme.

Hoy sé que la amistad que yo mamé se pintaba sobre una uña y crecía entre las margaritas y los rosales que cultivábamos en nuestros jardines. Hoy sé que las cocinas tienen que ser grandes porque es el sitio perfecto para tener una conversación de amigas. Hoy recuerdo recuerdos después de haberme intentado pintar las uñas. Sola. Y en vano.

(La foto me la hizo Hache en su casa; su gemela me pintó las uñas)

lunes, 7 de abril de 2008

La lluvia

Hoy salí del trabajo volando y llegué a casa nadando.

Hoy quería volar: antes de dejar la oficina había sentido la necesidad de abrir las alas. Hace algunas semanas tuve varias conversaciones con alguien acerca de caer al vacío. Él no entendía por qué yo estaba deseando caer desde lo alto y sentir ese agujero en la tripa, no podía imaginarse una sensación más desagradable; llevaba días soñando con que se caía y le daba miedo volver a dormir. A mí, en cambio, me gusta soñar que caigo y quedarme sin respiración; de hecho, últimamente, busco algo, alguien, que me meta esa sensación en el cuerpo, que me sacuda, que me agite.

El viernes fui a hacer una prueba de esfuerzo y, tras estar 9 minutos caminando y corriendo en una cinta en pendiente, le dije a la enfermera que parara aquel trasto infiernal: había alcanzado mi límite. Cuando me ayudó a bajar de aquella nave de Satán me dijo, "vas a notar una sensación desagradable, como de vacío". Fue horrible notar que estaba hueca por dentro, que el vacío se me metía dentro de la tripa y se me tragaba, pero luego me sentí como en el parque de atracciones, masoquista y pequeña, disfrutando del mareo como quien disfruta de una droga.

Y hoy quería caer para que cuando estuviera a pocos centímetros del suelo alzar el vuelo... Salí de la oficina con esa sensación. Bajé del metro pasadas las 7 y me cayó encima toda la lluvia del mundo a la vez que el granizo me daba golpecitos en la cara. Mientras, Moby no paraba de cantar Oh, and it's raining again en mi cabeza.

Quise volar de nuevo, pero no pude: la lluvia me hizo nadar por la ciudad riendo a carcajadas incluso cuando me cagué en el tipo que pasó a toda hostia a mi lado en un todoterreno azul, terminando de calarme por completo. Llegué al portal y me quité los zapatos; me entró la risa cuando el portero me preguntó qué me pasaba... El hombre aún estaba dispuesto a explicarme hasta dónde había llegado el agua, pero le puse cara amable de ¿te parece el momento? y se calló.

Me resultó divertida la lluvia de abril, los nubarrones como espejos de luz, la sensación de primavera mojada. Las nubes tenían derecho a aparecer después de tanta generosidad este fin de semana. No me dio rabia no poder volar; lo estaba deseando, lo estoy deseando, pero sé que estoy en ello. Noto cómo pronto podré caer y caer y caer... para luego abrir las alas y remontar el vuelo.

Esta vez, puedo esperar.

miércoles, 2 de abril de 2008

Puente aéreo

Seis y media: suena el despertador.
Siete: cojo un taxi.
Ocho y media: embarco.
Nueve: sale mi vuelo.
Diez y poco: llego a Barcelona. Taxi.
Once menos cinco: plaza Catalunya.
Once: reunión con mi cliente.
Una: taxi.
Dos: fideuà en el aeropuerto.
Tres: embarco.
Tres y media: vuelo hacia Madrid.
Cinco menos algo: llego a Madrid. Taxi.
Cinco y media: oficina.
Seis y media: salgo. Metro.
Siete: casa. Limpio por encima. Preparo la habitación de invitados.
Ocho y cuarto: ducha. Relax.

Conclusión: Barcelona no se merece este viaje relámpago. Es como echar un polvo rápido y mal con alguien que te gusta y a quien darías más. Te pones los pantalones. Te abrochas el cinturón. Te vas. Y, por su puesto, eres un tío. La mujer se queda en la cama, desnuda y triste.

Me he quedado desconsolada. Quería pasear la ciudad, moverme por Portaferrisa y recordar... Pero no, las azafatas me dan la bienvenida al siglo XXI; me dicen que a las ciudades también se las usa, que las manejamos en términos utilitaristas, aunque ellas conserven entre sus ladrillos un trocito de tu vida. El mundo laboral acorta distancias hasta un límite descabellado. No me gustan estos viajes. He sentido cómo asaltaba la ciudad, cómo la atracaba para irme en un coche robado.

Por lo menos me ha servido para ver los campos desde el aire, cuadriculados como mi cabeza últimamente.