
Vacío. Eso es lo que se siente al principio.
O mejor, un pequeño hueco, un hueco que dejas sin llenar. Poco a poco.
Primero una cena menos. Después un día entero sin comer. Y el hueco está ahí, para que pienses sólo en él. Y en él te concentras.
Dejas de comer para alimentar ese hueco. Una paradoja, como casi todo lo que te ocurre.
Y te acostumbras al hueco, que se va convirtiendo en agujero. Entonces es más simple
Que cómo es posible. Fácil. Descubres, cuando ya tiembla todo tu cuerpo, que un chute de calorías es suficiente. Dos, cuatro galletas de chocolate y listo. Notas el azúcar mezclándose con tu sangre; dejas de temblar.
El agujero sigue ahí y va llenándose cada vez de más vacío. Vacío que alimenta el vacío. Y tienes un nuevo objetivo: no permitir que deje de latir en tu interior. Demostrar que eres capaz de controlarlo, de alimentarlo. Todos tus fracasos, la falta de control sobre tu miserable vida, son expiados gracias a ese vacío que ahora diriges; un hijo que te duele en el vientre y al que tienes que cuidar.
Y la hazaña de crear un vacío, a veces doloroso, se completa cuando asoman tus huesos. Ves tu clavícula, rozas tus costillas por encima de la ropa y sonríes de satisfacción. Te dices a ti misma que lo estás logrando, que por fin las riendas las tienes tú, aunque solamente sea en esa parcela -insignificante, quizás- de tu vida.
Pasan los días y la nevera te da asco, cocinar no entra en tu cabeza y te das el atracón comiendo un menú de mediodía con un amigo. Con eso tienes para dos días.
La nevera va oliendo peor. No tienes fuerzas ni para tirar las frutas que se van pudriendo. Con su oxidación vas calculando los días que pasan sin que pruebes bocado.
Y así el esternón asoma orgulloso, el ángulo de tu escápula sonríe mientras apunta al cielo.
Cada vez más huesos prominentes, cada vez hay más salientes de las articulaciones que acariciar. De día juegas a que no te gusta, a que haces lo posible por engordar, no puedes permitirte desenmascararte ante nadie... Por la noche tu desnudez te dice que lo estás haciendo bien.
Un día te agachas y el espejo te descubre tu columna, como un rosario que puedes ir desgranando, como si cada vértebra fuera una cuenta con la que rezar un mantra y establecer un ritual para sentir el dolor del hambre y ayudarte a conseguir el control sobre tu peso. Al menos sobre eso.
Has aprendido cómo se hace para no comer y seguir funcionando. Funcionas mejor cuando puedes controlar esa parte de ti. Controlarte, de forma reflexiva. Porque te perteneces, porque eres tuya. Por la noche admiras con las yemas de tus dedos lo que por el día simulas que no te gusta.
No, mentira, no te preocupa. Como cuando decides que vas a cruzar las calles sin mirar y que sea lo que dios quiera, que tu voluntad está mermada.
Los huesos asoman y sabes que nunca nadie lo entenderá, que seguirána achacándolo todo a la sociedad, la tele, la moda... Me río de lo equivocados que están. No nos preocupa la belleza, sino nuestro control.
Una mañana en el metro vi un antebrazo huesudo asomar de un abrigo negro, demasiado ancho. El antebrazo moría en la muñeca y de ahí partía una mano escuálida. Al día siguiente un anillo se desprendió de mi anular y cayó al suelo.
Ese día me di cuenta de que mis huesos me demostraban que aún sirvo para llevar algo a cabo, que soy capaz incluso de dejarme morir si quiero. Que para la autodestrucción aún me quedan fuerzas.
Que conseguiré, al final, que mis venas traspasen mi piel.
