viernes, 23 de diciembre de 2011

Piel y huesos


Vacío. Eso es lo que se siente al principio.
O mejor, un pequeño hueco, un hueco que dejas sin llenar. Poco a poco.
Primero una cena menos. Después un día entero sin comer. Y el hueco está ahí, para que pienses sólo en él. Y en él te concentras.

Dejas de comer para alimentar ese hueco. Una paradoja, como casi todo lo que te ocurre.
Y te acostumbras al hueco, que se va convirtiendo en agujero. Entonces es más simple

Que cómo es posible. Fácil. Descubres, cuando ya tiembla todo tu cuerpo, que un chute de calorías es suficiente. Dos, cuatro galletas de chocolate y listo. Notas el azúcar mezclándose con tu sangre; dejas de temblar.

El agujero sigue ahí y va llenándose cada vez de más vacío. Vacío que alimenta el vacío. Y tienes un nuevo objetivo: no permitir que deje de latir en tu interior. Demostrar que eres capaz de controlarlo, de alimentarlo. Todos tus fracasos, la falta de control sobre tu miserable vida, son expiados gracias a ese vacío que ahora diriges; un hijo que te duele en el vientre y al que tienes que cuidar.

Y la hazaña de crear un vacío, a veces doloroso, se completa cuando asoman tus huesos. Ves tu clavícula, rozas tus costillas por encima de la ropa y sonríes de satisfacción. Te dices a ti misma que lo estás logrando, que por fin las riendas las tienes tú, aunque solamente sea en esa parcela -insignificante, quizás- de tu vida.

Pasan los días y la nevera te da asco, cocinar no entra en tu cabeza y te das el atracón comiendo un menú de mediodía con un amigo. Con eso tienes para dos días.

La nevera va oliendo peor. No tienes fuerzas ni para tirar las frutas que se van pudriendo. Con su oxidación vas calculando los días que pasan sin que pruebes bocado.

Y así el esternón asoma orgulloso, el ángulo de tu escápula sonríe mientras apunta al cielo.
Cada vez más huesos prominentes, cada vez hay más salientes de las articulaciones que acariciar. De día juegas a que no te gusta, a que haces lo posible por engordar, no puedes permitirte desenmascararte ante nadie... Por la noche tu desnudez te dice que lo estás haciendo bien.

Un día te agachas y el espejo te descubre tu columna, como un rosario que puedes ir desgranando, como si cada vértebra fuera una cuenta con la que rezar un mantra y establecer un ritual para sentir el dolor del hambre y ayudarte a conseguir el control sobre tu peso. Al menos sobre eso.

Has aprendido cómo se hace para no comer y seguir funcionando. Funcionas mejor cuando puedes controlar esa parte de ti. Controlarte, de forma reflexiva. Porque te perteneces, porque eres tuya. Por la noche admiras con las yemas de tus dedos lo que por el día simulas que no te gusta.
No, mentira, no te preocupa. Como cuando decides que vas a cruzar las calles sin mirar y que sea lo que dios quiera, que tu voluntad está mermada.

Los huesos asoman y sabes que nunca nadie lo entenderá, que seguirána achacándolo todo a la sociedad, la tele, la moda... Me río de lo equivocados que están. No nos preocupa la belleza, sino nuestro control.

Una mañana en el metro vi un antebrazo huesudo asomar de un abrigo negro, demasiado ancho. El antebrazo moría en la muñeca y de ahí partía una mano escuálida. Al día siguiente un anillo se desprendió de mi anular y cayó al suelo.

Ese día me di cuenta de que mis huesos me demostraban que aún sirvo para llevar algo a cabo, que soy capaz incluso de dejarme morir si quiero. Que para la autodestrucción aún me quedan fuerzas.

Que conseguiré, al final, que mis venas traspasen mi piel.

Piel y huesos

Vacío. Eso es lo que se siente al principio.
O mejor, un pequeño hueco, un hueco que dejas sin llenar. Poco a poco.
Primero una cena menos. Después un día entero sin comer. Y el hueco está ahí, para que pienses sólo en él. Y en él te concentras.

Dejas de comer para alimentar ese hueco. Una paradoja, como casi todo lo que te ocurre.
Y te acostumbras al hueco, que se va convirtiendo en agujero. Entonces es más simple

Que cómo es posible. Fácil. Descubres, cuando ya tiembla todo tu cuerpo, que un chute de calorías es suficiente. Dos, cuatro galletas de chocolate y listo. Notas el azúcar mezclándose con tu sangre; dejas de temblar.

El agujero sigue ahí y va llenándose cada vez de más vacío. Vacío que alimenta el vacío. Y tienes un nuevo objetivo: no permitir que deje de latir en tu interior. Demostrar que eres capaz de controlarlo, de alimentarlo. Todos tus fracasos, la falta de control sobre tu miserable vida, son expiados gracias a ese vacío que ahora diriges; un hijo que te duele en el vientre y al que tienes que cuidar.

Y la hazaña de crear un vacío, a veces doloroso, se completa cuando asoman tus huesos. Ves tu clavícula, rozas tus costillas por encima de la ropa y sonríes de satisfacción. Te dices a ti misma que lo estás logrando, que por fin las riendas las tienes tú, aunque solamente sea en esa parcela -insignificante, quizás- de tu vida.

Pasan los días y la nevera te da asco, cocinar no entra en tu cabeza y te das el atracón comiendo un menú de mediodía con un amigo. Con eso tienes para dos días.

La nevera va oliendo peor. No tienes fuerzas ni para tirar las frutas que se van pudriendo. Con su oxidación vas calculando los días que pasan sin que pruebes bocado.

Y así el esternón asoma orgulloso, el ángulo de tu escápula sonríe mientras apunta al cielo.
Cada vez más huesos prominentes, cada vez hay más salientes de las articulaciones que acariciar. De día juegas a que no te gusta, a que haces lo posible por engordar, no puedes permitirte desenmascararte ante nadie... Por la noche tu desnudez te dice que lo estás haciendo bien.

Un día te agachas y el espejo te descubre tu columna, como un rosario que puedes ir desgranando, como si cada vértebra fuera una cuenta con la que rezar un mantra y establecer un ritual para sentir el dolor del hambre y ayudarte a conseguir el control sobre tu peso. Al menos sobre eso.

Has aprendido cómo se hace para no comer y seguir funcionando. Funcionas mejor cuando puedes controlar esa parte de ti. Controlarte, de forma reflexiva. Porque te perteneces, porque eres tuya. Por la noche admiras con las yemas de tus dedos lo que por el día simulas que no te gusta.
No, mentira, no te preocupa. Como cuando decides que vas a cruzar las calles sin mirar y que sea lo que dios quiera, que tu voluntad está mermada.

Los huesos asoman y sabes que nunca nadie lo entenderá, que seguirána achacándolo todo a la sociedad, la tele, la moda... Me río de lo equivocados que están. No nos preocupa la belleza, sino nuestro control.

Una mañana en el metro vi un antebrazo huesudo asomar de un abrigo negro, demasiado ancho. El antebrazo moría en la muñeca y de ahí partía una mano escuálida. Al día siguiente un anillo se desprendió de mi anular y cayó al suelo.

Ese día me di cuenta de que mis huesos me demostraban que aún sirvo para llevar algo a cabo, que soy capaz incluso de dejarme morir si quiero. Que para la autodestrucción aún me quedan fuerzas.

Que conseguiré, al final, que mis venas traspasen mi piel.

lunes, 25 de mayo de 2009

Letras

Llevaba años sin entrar.

Como cada domingo que vamos al pueblo de mi padre, íbamos hacia allí. Éramos muchos e íbamos en distintos coches. Nada más llegar, salté de mi asiento y busqué un olivo detrás del cual aliviar mi cistitis. Cuando volví al aparcamiento, no había nadie. Habían entrado todos.

Llevaba desde el 99 sin entrar, pero un poco por evitar la pregunta de siempre, un poco porque no lo pensé, entré.

Mientras iba hacia el fondo tenía la sensación de que no era para tanto. Llevaba exactamente diez años quedándome fuera y pensé que me había hecho mayor y que ya no me sentía rara en aquel sitio. Cuando llegué al fondo, mi familia casi al completo, vestidos todos para la fiesta que luego vendría, estaba alrededor del panteón familiar, como si nada, con escasa solemnidad y sin parafernalia alguna. Era de agradecer. Me acerqué y entonces sentí la misma parálisis y las mismas ganas de salir corriendo que tiempo atrás.

No era el hecho de estar rodeada de muertos, ni la horrible cruz que mi padre mandó a construir, ni las flores, ni el olor a cemento que indicaba que alguien acababa de ser enterrado.

Era la lisura del mármol rosa debajo de los tres nombres ya escritos en dorado. Era la visión de los centímetros cuadrados sin nada sobre ellos en esa losa vertical y el conocimiento de que bajo la lápida aguardaban -aguardan- tres nichos vacíos. Nada puede parecerme más macabro que construir a sabiendas un hueco en la roca que espera paciente el único hecho cierto, el único acontecimiento seguro en la vida de un hombre. La ausencia de las letras que llegarían, la apuesta inevitable acerca del orden de los nombres futuros y de sus correspondientes fechas, me transportaron a una dimensión hacia la que no quería dirigirme. Entonces llegaron los fantasmas.

Me pareció oír el golpe del cincel y el rechinar de las cuerdas contra una caja de madera y salí de ahí, muerta de frío bajo un sol de justicia, pretendiendo volverme una lagartija de las que estaban tomando el sol a las puertas del cementerio, para cobijarme por las ranuras de la tierra roja, y volver mi sangre fría y mi piel insensible y ser capaz de desprenderme de un miembro, acaso del cerebro, para dejar de pensar, acaso del hipotálamo, para dejar de sentir.

martes, 19 de mayo de 2009

Pereza

Me da pereza arreglar la puerta del armario. Me da pereza ir al supermercado.
Me da pereza pensar en qué música quiero escuchar. Me da pereza regar las plantas cada dos días porque el cambio climático así lo quiere. Me da pereza sacarme un billete con tiempo.
Me da pereza levantarme y saber que cuando me acueste nada habrá cambiado nada.
Me da pereza acostarme con A porque tiene pinta de ser de los que al día siguiente se quieren quedar a comer.
Me da pereza decirle a B que me llame más porque quizás más se convierta en demasiado.
Me da pereza ir a una fiesta por compromiso, así que no voy y quedo de maleducada porque también me da pereza inventarme una excusa.
Me da pereza ir a comprarme ropa interior porque no tengo en quién pensar cuando lo hago.
Me da pereza darle un beso a C porque sólo quiero un beso y me da pereza pensar en cómo le explico luego que no quiero que suba.
Me da pereza decidir qué película ver y por eso escribo perezosa y agotada, como queriendo salir de esta ventana y abrir otra contando ficciones de comida rápida. Me da pereza que me pregunten por el protagonista de mi post, aunque me encanta que lo hagan achacándolo a la verosimilitud de la historia. Me doy pereza, pero lo asumo.
No me da pereza escuchar una y otra vez la misma canción, no me da pereza ser cansina. Me da pereza buscar, pero no me da ninguna que me encuentren.
No me da pereza inventar, no me da ninguna intercalar mentiras y verdades. No me da pereza la escritura automática. No me das pereza cuando hablas, no me das pereza cuando callas, no me das pereza.
Me das pereza. Me da pereza la pereza ajena.
No me da pereza dar masajes, no me da pereza dar nada, no me da pereza dar, no me da pereza recibir. Me da pereza esperar, me desespero desperezándome, me desespero esperando, me desperezo mientras espero.

domingo, 17 de mayo de 2009

Dieciocho

Es curioso. Supongo que ahora sé por qué tenemos dos brazos en lugar de uno, entiendo por qué a veces es necesario beber y puede que hasta empiece a hacerlo cada vez que quiera escaparme para perderme en una dimensión paralela.
Cuando cumplí dieciocho sentía tal horror por todo lo que me rodeaba, me aborrecía tanto, que no quería cumplir años nunca más. Todo lo que recuerdo de ese día es una foto absurda que mi madre se empeñó en hacerme, con un pantalón blanco y una rebeca roja, con la piel blanca y los labios rojos, con el pelo recogido y la mirada seca. Había vivido una adolescencia revuelta, me había dedicado a andar con la cabeza hacia abajo y a acariciar todo aquello que me alejara de lo que era. Llegaron los dieciocho y sentí un desconcierto tal que inventé todas las formas posibles de odiarme. Como siempre que me propongo destruir algo, lo conseguí.
Han pasado diez años y no sé si ese 99 aún me duele como un puñal atravesado o si, simplemente, ese dolor es el que se siente cuando te sacas poco a poco algo que tienes dentro. Lo cierto es que el recuerdo de esa época me transporta a un estado de semiinconsciencia con el que no puedo lidiar.
He cumplido veintiocho y los he celebrado como si fueran los alegres dieciocho que nunca tuve, viendo las cosas desde fuera, saliéndome de mi propio cuerpo, perdiendo capacidad autocrítica, observándolo todo como a través de una ventana, buscando la inocencia que dios sabe en qué momento decidí sustituir por cualquier cualidad nociva y peligrosa.
Y aquí reposo, 3 días después, acercando mi nariz a mi piel para darme cuenta de que vuelvo a oler como un espíritu adolescente.

lunes, 20 de abril de 2009

Llamada

El otro día me llamó una amiga.
Le contesté al teléfono con un hola tirando a efusivo.
-¡Hola!
-¿Le conozco?
-¿A quién?
-Al del big mac

Ay dios, el puto big mac me está haciendo dar más explicaciones que la Lewinsky a Clinton.

-No lo sé
-¿No lo sabes?
-No

La verdad es que no sabía si ella le conocía. ¿Cómo iba a saberlo? Yo, desde luego, no conocía al chico del mac donald's, pero por mucho que me hubiese inventado la historia, eso no quería decir que el chico que me dejó plantada y que olía a ariel, no existiera.

-¿Pero quién es él?
-Es que no lo sé ni yo
-¿Cómo? Pero tú has escrito la historia, tú sabrás quién es él...
-Es que no lo sé, esa historia no ha ocurrido
-Ah, o sea, que él no existe
-Yo no he dicho eso, supongo que en algún lado, ese pibe estará atiborrándose a papas fritas, quizás en un centro comercial de la periferia. ¿Cómo voy a saberlo?
-Te das cuenta de que lo que dices no tiene ningún sentido, ¿no? Eres consciente de que estás diciendo una estupidez, ¿verdad?
-Mira, yo no soy quién para decir que esa persona que según mi historia me dejó delante de una hamburguesa no sea real, porque si fue capaz de salir de mi cabeza, quizás está en algún sitio

Mi amiga me dijo que cada vez me entendía menos y me preguntó si me encontraba bien, insistiendo en que me echara una siesta que, por supuesto, no me eché.

Yo sigo sin entender su sorpresa, es cierto que no tengo ni idea de quién era él, pero eso no es motivo para ir diciendo por ahí que ese tipo no era nadie. No soy quién para asesinar a los productos de mi imaginación, quizás ellos existan, puede que incluso la historia, sin haber ocurrido, tenga algo de real...

jueves, 26 de marzo de 2009

Big macs, razones y semanas sin llorar

Continuación del post anterior
"Hace semanas que no lloro"
Eso pensaba mientras le esperaba en mi casa regando las plantas, quizás por la asociación del agua cayendo, o no. No lo sé. El caso es que pensaba en que hacía como cuatro semanas que no lloraba y creo que algo me decía que iba a llorar ese día.

Se empeñó en que no hiciera la cena, que no tenía hambre y se plantó en mi casa con una bolsa del Mac Donald's y dos mac menús: uno cuarto de libra y otro big mac. No sé cuál te gusta más.

Le conocí hace unos cinco años, tuvimos una historia que se acabó como se acaban las historias sin futuro, seguimos quedando unas cinco veces al año para tomar algo y, hace un tiempo, le llamé con unas ciertas intenciones que se volvieron actos reales y repetitivos.

En esta segunda etapa descubrí que su madre seguía haciéndole la compra y que por eso su ropa olía ahora como cuando yo se la quitaba años antes. Como iba diciendo, nos liamos durante dos meses, hasta el día del McDonald's a domicilio: en el momento en que le vi entrar y reparé en la bolsa, supe a qué venía.

Se sentó, sacó las hamburguesas y me preguntó cuál quería; le dije muy seria que no comía mierda y se encogió de hombros. Se comió primero el big mac al que previamente retiró los pepinillos y añadió dos sobres de ketchup, luego un paquete de patatas, luego medio cuarto de libra -repitiendo la operación anterior- y al final la mitad del otro paquete de patatas. Deluxe, como si esa fritanga inmunda pudiera ser delujo. Entre bocado y sorbo de pajita tuvimos la siguiente conversación:

-lo de liarnos mola y eso, está bien, pero te veo distinta
-distinta
-sí, como más, no sé...
-¿más qué?
-como... ilusionada
-ilusionada, yo; ilusionada, contigo
-sí, no sé, te brillan los ojos. No quiero que confundas las cos...
-soy miope, a los miopes nos brillan los ojos
-ya, pero, tía, no es la miopía, es...
-¿es qué?
-es que, mira, que se te nota
-¿la miopía?
-¿qué? que no, coño, que dejes la miopía...
-¿la alergia? es la época, me pican los ojos...
-pero tía, que no, que tengo mis razones, que se te nota que para ti hay algo más y yo estoy bien así, solo y, vamos, que tan amigos como antes, que eso no va cambiar
-ah, sí, vale, amigos por decir algo, guay, pero de verdad que no me gustas, que...
-¿quieres el pepinillo?

Cogí el pepinillo con la yema del dedo índice, como si fuera una lentilla. Me lo comí. Sabía a hamburguesa. Lo escupí. Ni servilleta ni nada, lo escupí en la caja de cartón.

-tía, no te enfades
-no estoy enfadada. Me la suda
-no te la suda, acabas de escupir el pepinillo
-¿eres gilipollas? que escupa el pepinillo no quiere decir que esté cabreada
-bueno, como quieras, pero tía, en serio, como amigos, ¿eh?
-vete
-¿qué?
-que te vayas, en serio. Has terminado de cenar, ¿no? Pues, como amigo, vete. Quiero estar sola
-¿ves? te has cabreado
-no. Lo que pasa es que ahora quiero estar sola y que deje de olerme a ariel mezclado con salsa deluxe.
-tía, cómo eres
-deja de llamarme tía. Vete, por dios

No recogió nada, le acompañé a la puerta. Cuando volví al salón, miré la media cuarto de libra. La abrí, le metí los tres pepinillos no escupidos y me la comí.

Después me eché a llorar, un poco por el remordimiento de meterme grasas saturadas en el cuerpo, un poco porque que un tío se plante en tu casa con dos mac menús de mierda para decirte que no quiere seguir liándose contigo, es de las cosas más degradantes que te pueden pasar. No he vuelto a llorar desde entonces.

martes, 24 de marzo de 2009

Plagios, mentiras y semanas sin follar

Hace tres semanas que no follo.
Ése iba a ser el principio del último post que me andaba por la cabeza, hasta que leí el de David y decidí que no podía empezar casi de la misma manera en la misma semana. Hoy, mientras iba acompañada de una casualidad de las mías, me lo he encontrado en la plaza de la Paja y le he contado la coincidencia. Me ha mirado divertido y ha dicho plágiame. Eso me ha dicho, que le plagiara, y eso hago: mantener la frase que tenía en la cabeza a la vez que él.

Quizás realmente haga tiempo que él no folle, puede que incluso yo también lleve semanas sin follar, pero eso de lo de menos. Lo que cuenta es que los dos teníamos la misma frase en la cabeza, que hoy me ha dado permiso con su acento gallego para contar mi historia de no-sexo y que la primavera nos hace pensar en si follamos o no follamos, o si follamos y bien, gracias, o si follamos esperando mejorar nuestra vida sentimental.

Lo que iba a contaros es que hace tres semanas que no follo -en caso de que algo de lo que cuente aquí sea verdad- y que eso me crea aprensión.

Contando que esta vida que aquí os cuento sea una vida y no un invento, hace tres semanas que no follo porque la agenda se me acabó. Repasé los años que os contaba el otro día y me tiré a gran parte de mi calendario personal; el que es como un biólogo se recluyó en esa casa que nunca conocí y el que jamás se quedaba a dormir cerró nuestra historia-segunda-parte delante de un big mac sin pepinillo, diciendo que no quería confundir los términos y que a mí empezaban a brillarme demasiado los ojos. Resulta que come basura, pero es sensible. Los demás encuentran excusas como puños cada vez que me llaman.

Hace un par de meses conocí a unos chicos encantadores con los que salgo a menudo. Realmente encantadores, tanto que me da como pena tirármelos. Sí, como pena, pena de esa que hace que no abras una caja de bombones porque queda bien en la mesa y, claro, la perfección intacta sobre el aparador siempre hace bonito.

Ahora resulta que con el beneplácito de David ya puedo contaros esa historia de que cada vez follo menos, pero ya no quiero, porque resulta que empiezo a tener sueño y ganas de contaros que hoy me dije que me aburría y que tenía que pasarme algo y no sé si pasó algo pero, desde luego, algo pasó.

Otro día, quizás, os cuente esa otra mentira.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Atrás

Se cansó de tanto presente sin frutos, de no encontrar lo que buscaba, de su casa vacía, de no conocer nada mejor y echó la vista atrás.
Ha recuperado el pasado e igual se acuesta en verano de 2006 que se despierta en febrero de 2001 y estudia el paso del tiempo en aquellos cuerpos menos jóvenes pero siempre conocidos, algunos mal envejecidos aunque con el aliciente de los años que dan a los hombres ese punto interesante.
Recordó sin querer cómo uno siempre la tocaba como un médico y no como un amante cuando le sujetaba el codo o la cogía por la pantorrilla, cómo la miraba con la curiosidad de un biólogo. Se ha dado cuenta de que otro sigue usando el mismo detergente que cuando vivía con su madre, tanto tiempo atrás, y es el mismo que nunca se quedaba a pasar la noche, sino que se iba en cuanto ella cerraba los ojos.
Ciertas cosas que dormían en algún lugar de su memoria, alguien se ha encargado de recuperarlas. Como hace poco que, frente al espejo del baño, uno le dijo: "A menudo recuerdo la mañana en que me lavaste el pelo bajo la ducha y luego me lo cepillaste".
Más de uno le ha dicho últimamente que se le ha puesto cuerpo de mujer, y ella no entiende por qué antes no lo tenía de mujer o por qué aún no puede tenerlo de niña.
Y entonces le vuelve el peso del paso del tiempo y el peso del paso de la soledad que vino para quedarse y alguien pasa por su casa y se toma un té cuando antes tomaba latas y latas de cerveza y le dice que aquella planta era pequeñita y que ella aún llevaba el pelo largo y que cada vez es más tímida, pero mírame, coño, que parece mentira...
Y ella a veces llora cuando se levanta con ellos porque siente que no es capaz de crearse un futuro, sino que recupera pasados y se inventa presentes y dibuja historias que parecen un collage de guardería, hecho por la impulsividad de un niño, pero a sus años ya no, hostias, ya no.
Y compara sus vidas con otras y entonces siente un pinchazo y ve que no hay nada mejor que pueda hacer y coge el teléfono y busca en la agenda a esa persona que conoció cuando aún iba a la universidad y le llama y le dice peli, y sólo con eso, con decir peli, se está vendiendo al pasado y cuando cuelga dice mierda. Pero cuando dice mierda no se está arrepintiendo sino que está pensando que en el pasado se está calentito, que es una especie de madriguera, un refugio, una guarida menos peligrosa que el presente. Vuelve a decir mierda pero se perdona a sí misma porque con ése al que le dice peli no hace falta depilarse y ella siente que se expone mucho menos que en el presente inhóspito.
Y le va dando mordiscos al pasado, sin garantías, sin ganas, sin prisa, sin dejar de mirar hacia abajo cuando él o él o él le da un beso y se va.

jueves, 12 de febrero de 2009

Amigos y amantes

Los amigos tienen que ser pesados como rocas, viejos como montañas, insistentes como una madre. Los amigos han de sorprenderte una tarde llenándote el buzón con las canciones que les gustan, compartiendo citas que les recuerdan a ti, mandándote mensajes en clave de pasado. Los amigos están siempre presentes, como en una foto enmarcada. Me gustan los amigos que saben a Marylin Manson y a conciertos y a brisa. A ropa antigua, a plata sucia.

Los amantes tienen que ser livianos como la primera tarde juntos, deben pasar de puntillas por tu espalda estremecida y amortiguar cada gemido con la inicial desconfianza.

Su mirada ha de ser desconcertante, para que nunca podamos adivinarles. Los amantes viven en mundos mágicos de los que poco se sabe. Los amantes son gatos huidizos en lugar de perros fieles.

Los amantes deben tener siempre la piel tibia y cicatrices en algún lugar extraño. Tienen que tener manos rápidas y besarte a medias. Los amantes no explican, cuentan historias ligeras. Los amantes saben a té oriental de fondo amargo, como de cardamomo.

Los amantes son un baño en un mar frío en el que paralizarte y perderte. Los amantes convierten las camas en lechos de nieve donde estremecerse hasta olvidar el sentido de la realidad. Los amantes te transportan con su tibieza a un país donde siempre es invierno.

Los amantes son amantes cuando, a la mañana siguiente, los sientes enredados en tu pelo, dormidos en tu estómago, y te das cuenta de ese sabor a sal en los labios, ese regusto a hierro en el paladar.

domingo, 1 de febrero de 2009

Abortos

Llevo sin escribir desde el año pasado. Sé que no debería ponerme por obligación, pero lo cierto es que una de las dos Nayras siempre se pone pesada con la otra porque hace tiempo que no escriben. La culpa es de las dos, pero hoy parece que rompemos el momento del silencio.

Estoy en laisla, pero no en mi casa, sino sobre el mar. Estoy encerrada en un camarote porque fuera está nublado y sopla el viento y porque mis ovarios –que en este momento me imagino como dos ciruelas demasiado maduras- están deshaciéndose de la vida que nunca fue. Y duele.

Me he cansado de estar hecha una bola bajo cuatro mantas y de esperar a que el ibuprofeno haga efecto, ya que parece que esta vez no puede con mi fisiología, y he cogido el ordenador, he abierto el Word y el folio no ha estado ni medio segundo en blanco. Sí que tenías ganas, le dice una Nayra a la otra. Así empieza febrero.

Tengo la cabeza del revés y el mar de fondo parece estar directamente conectado con mi útero. Quizás sea por eso que, como últimamente oigo hablar de abortos más de la cuenta, porque la gente piensa menos de lo que debería o se corre con excesiva facilidad, hoy me he planteado algo absurdo: ¿y si se pudieran congelar los fetos que llegaron en mal momento? Imagina que te quedas embarazada cuando no toca, en vez de interrumpir el embarazo –me pregunto si ese eufemismo realmente alivia-, ¿no sería una buena opción mandar tu embrión a un limbo de cristal hasta que decidas recuperarlo? En España el número de abortos no para de subir; yo creo que es porque, de alguna manera, siempre se sabe que, en el peor de los casos, un polvo inconsciente puede terminar en legrado. Si esa opción no existiese y todo dependiese del momento del polvo y de la píldora del día después, como mucho, seguro que el número de embarazos no deseados sería mucho menor.

Así que yo me imaginaba un laboratorio de embriones aletargados que en algún momento alguien recuperaría o donaría, se implantarían en la tripa y tendrían un final distinto a la incineradora. Claro que, después de mucho imaginar, luego he llegado a la conclusión de que ese laboratorio se convertiría en un cementerio viviente de fetos que esperarían a que alguien fuese a recuperarles con la memoria que nadie quiere tener cuando se trata de permitir al pasado que vuelva.

Y después de todo esto, una Nayra le dice a la otra que no es compatible escribir con la regla y las dos se meten bajo las cuatro mantas a intentar dormir.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Crisis (en todos los sentidos)

Hay que ver lo que cambian las cosas. Hace un año escribía feliz y contenta sobre la llegada de la Navidad y hoy preparo la cama para meterme en ella y no salir hasta el siete de enero y a dormir, que es prácticamente lo único que hago, a parte de trabajar, de un tiempo a esta parte. Y me sienta bien.

Creo en las etapas así que tengo toda mi confianza puesta en 2009 para que venga y se lleve este 2008 a tomar viento. Yo pienso tirar mi agenda de este año para hacer como si no hubiese existido.

Y hablemos de crisis, no? que si no, no somos nadie. No está mal que el ayuntamiento de Madrid se gaste 4,6 millones de euros en luces de Navidad. Y conste que no digo que no las ponga, sino que se corte un pelo, coño. La mayoría de empresas se quedan sin jamón y sin cena, pero el ayuntamiento de Gallardón tiene que lucirse. Claro. Y la gente esperando, por ejemplo, por guarderías cuyas obras han sido paradas por la crisis... Pero las luces no se apagan, no sea que nos quedemos a oscuras.

Nosotros no nos lucimos, nos espera un año de crisis de puta madre. La comunicación se va a pique a base de bien. Los despidos en los medios de comunicación están siendo cuantiosos, pero, claro, a los medios no les apetece poner en su portada: Este diario despide al 30% de su plantilla.

Ya os contaré qué tal se quedan las calles de cara a las compras de Navidad. Sólo sé que este año, al volver del curro a casa, voy a tener que coger un helicóptero, porque el centro de Madrid va a ser un infierno de luces y compras. ¿Quién dijo crisis?

martes, 18 de noviembre de 2008

46.000 euros

Adivina adivinanza. Hoy vamos a intentar adivinar cuánto vale una persona en euros.

Para ello vamos a partir del siguiente caso práctico: tres chicos prenden fuego a una indigente que duerme en un cajero. Éste queda destrozado y aquélla muere.

Si tenemos en cuenta que la indemnización a la entidad propietaria del cajero es de 26.179, ¿a cuánto puede ascender la indemnización a la familia de la muerta?

Además, os voy a dar una pista: Telecinco ha sido condenada a pagar 50.000 euros a Carmen Bordiú por mentir sobre su vida.

Con estos datos podríamos hacer algunos cálculos y nunca llegaríamos al resultado real: 46.000 euros. La indigente -que no señora- cuesta cuatro mil euros menos que la señora Bordiú -que no nietísima mediatiquísima vendomividacuandomeconviene- y ni siquiera el doble que el cajero.

Creo que he planteado mal el problema: dije que íbamos a averiguar cuánto vale una persona. Quizás debí decir indigente.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Otro fin de semana. Sin más.

De aquí no te levantas hasta que tengas un post escrito. Y en condiciones, no vale cualquier mierda.

A veces pasa eso, cuando una de las dos nayras se pierde y desconcentra a la otra. Por ejemplo, hace un rato, una estaba limpiando la cocina y la otra le dictaba un post para este blog. Se inició una discusión entre ambas, la una porque no era el momento de escribir, pues estaba con un estropajo en las manos y la otra porque la una decidía limpiar mientras ella estaba inspirada.

Como veis la cosa acabó mal y ahora que la una escribe, la otra está de morros y ya no quiere dictarle cosas bonitas, por lo que este post será una cagada considerable. Hay días que tengo una orgía de nayras y no me queda otra que mandarlas a todas a paseo y tirar de ibuprofeno (palabra a la que le pega una hache, pero que no la lleva). Normalmente, como hoy y gracias al cielo, sólo tengo dos.

Por ejemplo, se van las horas de sol y casi no me ha dado la luz este finde. Contando que soy una persona especialmente diurna, esto no tiene mucho sentido, por lo que hay una seria disputa entre las dos. Una quiere sol y la otra manta y casa. Mi psicoanalista dice que con el tiempo tendré menos conflictos internos. Pero qué coño digo, si no tengo psicoanalista; joder, veo mucho cine argentino, me temo.

Las dos nayras son especialistas en pelearse los fines de semana. El sábado pasado, por ejemplo, la armaron frente a la jaula de los gorilas. Sí, ya sé que estoy en contra de los zoos, pero desde verano colaboro como voluntaria con un grupo de adolescentes problemáticos y esa fue la excursión que tocó, así que decidí que la causa valía el esfuerzo.

Pues ahí estaban las dos nayras rodeadas de pibes que hacían mil preguntas (cuándo vemos a las putas de la Casa de Campo era la más frecuente) y uno quiso saber por qué aquellos bichos se comportaban de manera extraña. Y una nayra decía que bueno, que claro, que son animales en cautividad pero que están muy bien cuidados y que así chavales como ellos pueden acercarse a verlos, pero la otra le tapaba la boca y rebatía: pues ya ves que egoísta es el hombre, querido, que es capaz de encerrar en este espacio de cemento a cientos de bestias y pierde el tiempo en crear un espectáculo con un delfín jugando al julajop y su cuidador haciendo surf usándole de tabla... y así se iban intercalando las dos nayras.

Lo que menos entendía uno de los pibes era que las aves no aprovechasen el espectáculo de vuelo para escapar. Yo tampoco, la verdad, y mira que ambos les gritábamos que lo hicieran, que tenían todo el espacio del mundo, todos los cielos y todos los árboles, pero no nos oían. Pobres águilas que un día se quedaron sordas a los consejos que les podrán dar la libertad. Llegaron los orangutanes. Las dos nayras lloraron, cada una una lágrima y dijeron: a casa. Cuando se despidieron de los chicos en el metro, se comieron un twix de máquina demasiado frío, pero indispensable para sentirse mejor, y caminaron con la cabeza gacha.

Es domingo por la tarde y las dos nayras se asoman por la ventana y esperan que alguna de esas rapaces pase por su ventana y diga: me he escapado. Como siempre, las dos nayras esperan más de la cuenta.

viernes, 31 de octubre de 2008

El perdón y la memoria

En estos días en los que se habla de desenterrar fosas y poner nombre a montones de huesos en pro de algo que llaman Memoria histórica (si la historia no tuviera memoria no sería tal cosa), yo pienso en que la memoria es necesaria para perdonar, o para todo lo contrario, pero ante todo es un derecho.

Y no sólo es un derecho, sino que la memoria es también un deber, al igual que lo son el castigo y la justicia. Desde mi punto de vista, existe una necesidad imperiosa de no olvidar. El pueblo no debe olvidar y no por sed de venganza, sino porque creo que es imprescindible recordar para así no repetir errores.
"El tirano oprime a sus siervos y ellos nunca se revuelven contra él, lo que hacen es machacar a los que tienen debajo". Cumbres borrascosas, Emily Brönte.
Tengo que decir que no tengo una opinión definida acerca del desenterramiento de fosas comunes, pero lo que sí tengo claro es que un crimen de lesa humanidad no puede prescribir. Que un delito prescriba es una insensatez. Mientras haya vida tiene que haber esperanza. Y la esperanza no es posible si no hay justicia. ¿Qué le queda a alguien a quien un régimen le arrebató todo sino ver que se hace justicia? Mientras haya vida tiene que poder hacerse justicia. Ni amnistía ni hostias. Justicia.

Quienes creen que apelar a la memoria es no saber perdonar, se equivocan. Querer recordar no es querer venganza, es pretender aprender de los errores y enmendarlos. Si se puede. Si nos dejan.

Algunos olvidan más de la cuenta y se mandan mudar a un limbo de mentira, allí donde parece que no ha ocurrido nada, para poder tirar hacia adelante. Sin embargo, acaba ocurriendo que un día te cogen de los pelos y te llevan a rastras hasta el montón de tierra bajo la cual se agitan cráneos agujereados. Es entonces cuando, de rodillas ante la realidad, muerdes el polvo y agarras esos huesos para con ellos golpear a los culpables. Es entonces cuando dices que no perdonas. Es ese el momento en que dices, ¿quiénes somos nosotros para concederos el perdón que no habéis solicitado?

Y ese día, te dejas caer en la fosa común, común al dolor, a los miles de muertos de la Guerra Civil, de las guerras silentes, de todas las guerras, todas iguales, y dices No pasarán.

Y sí, hoy he amanecido con los puños bien cerrados y la rabia insolente de mi juventud, pero la ingenuidad me absolverá de equivocarme y aquí cada uno aporta lo que sabe. O lo que puede.

lunes, 6 de octubre de 2008

Sosa cáustica

He jugado a ser el hombre de la casa y he decidido paliar el atasco de mi ducha. Ha sido el segundo intento, ya que el primero -acabado en fracaso y en el pensamiento de mecagoenlaempancipacióndelamujer- consistió en sacar con un alambre la bola de pelos y demás cochinadas que habían creado un ecosistema en la tubería. Después de que la ducha siguiera igual de taponada, decidí tomármelo más en serio y acudir a elementos químicos de nombres esdrújulos que nunca fallan y suenan a corrosivos y peligrosos: ayer conocí la sosa cáustica arrodillada ante un estante de Mercadona.

Me llevé aquel kilo de preparado del que sólo iba a necesitar una cucharada y pude leer con asombro que la sosa cáustica también sirve para preparar aceitunas, algo que me hizo sentir un escalofrío: lo que va a cargarse el submundo de mi plato de ducha me lo trago con las olivas que ponen cuando pido una clara en La Latina.

El caso es que esta mañana cogí un destornillador para desenroscar -con bastante dificultad- la cosa ésa metálica y vertí diligentemente y con poca fe la sosa cáustica en el sumidero. Cuando me duché no me lo podía creer: mi ducha había vuelto a ser una ducha sin características piscinales.

Quedé tan contenta del resultado que llené otro tapón con la sosa y me lo acerqué a los labios -al fin y al cabo, he comido muchas aceitunas en mi vida-, pero lo pensé mejor y añadí unos chorritos de: crema anticelulítica, crema antiestrías, crema de día, crema de noche, crema de cuerpo, colágeno para el pelo, exfoliante, contorno de ojos y enjuague bucal. Entonces sí, abrí la boca y me tragué la fórmula improvisada.

Cuando me di cuenta de que la ingesta del producto estaba contraindicada, llamé al 112. En el hospital consideraron que estoy perfectamente y que no necesito lavado de estómago. Al parecer la sosa cáustica me ha desatascado, tal y como pretendía, y ahora soy una persona nueva de aspecto radiante y sin celulitis en el culo. El único problema es que no sé que hacer con tanta claridad en la laringe y unas tetas tan turgentes y echo de menos el atasco interno de ayer y anteayer, etc. Una le coge cariño a sus fantasmas y a su piel de naranja.

En fin, da igual; ahora que ya he descubierto cómo combatirlos y que sé que me quedan 973 gramos de sosa cáustica en la cocina, pueden volver cuando quieran. Ya no les temo.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Impar

Llevo 24 minutos delante de este hueco blanco y no sé qué contar para rellenarlo. He perdido la palabra.
Podría intentar describir la sensación que me ha producido el que Carlos hace un rato me haya dicho que me veía de muy buen humor y que se notaba que estaba especialmente bien, pero también podría dejar esto en blanco e irme a la cama a disfrutar del otoño bajo el peso el edredón.

Me fastidia haber perdido el hábito y no escribir tanto como hace unos meses; me jode mucho saber que este post carecerá del comentario del comentarista que (casi) siempre comenta y más me jode el porqué de esa ausencia (temporal). Este post va a quedar desordenado y me da igual: una no puede seguir siempre un hilo inexistente, máxime cuando la maraña es voluntaria.

He cocinado por primera vez cebolla caramelizada. Me ha dado rabia no haber descubierto antes lo fácil que es hacer algo tan rico. Es como cuando eres feliz y te dices: "si no costaba tanto". La felicidad es un estado de ánimo, un día concreto, una hora determinada. A mí me hace feliz cocinar para mis amigos o comer queso. Ir al mercado a comprar aguacates y setas y que me regalen el perejil. Sé que eso no es la felicidad, pero se le debe de parecer bastante.

Me resulta extraño ser el número impar en todas las citas de últimamente, ese maldito 3 o 5 o 9 que sumo junto a esa pareja o esas dos parejas o esas cuatro parejas. Soy el número asonante que no rima con nada, si no de qué iba a mantenerme siempre impar. Si no de qué iba a estar yo aquí un viernes por la noche, vestida con un vestido raro de color negro lleno de pelos de amor de gata impar a su dueña impar.

Definitivamente, me voy a la cama de plazas pares a soñar sueños de rima fácil y a crear versos de estilo libre y a dejar que mi gata me clave ligeramente las uñas mientras duerme y a oír en mi cabeza Hysteria. Lo de escribir cosas decentes para que ustedes entiendan algo, puede esperar.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Un pez rojo

Cuando me planto delante del recuadrito vacío en el que se supone que tengo que escribir el texto que quiero colgar en mi blog, la rayita vertical del cursor parpadea insistentemente. Cada vez que estoy plantada en mi sofá, el silencio de la casa pone en evidencia el tic tac del reloj de pared, que suena igual que aparece el cursor: absurdo, cansino, impertinente.

Supongo que lo más absurdo de todo lo que me rodea soy yo en pijama mandando currículos por internet, respondiendo a cuestionarios sobre por qué soy la candidata idónea y qué me parece cobrar 15.000 euros brutos al año: pues una puta mierda, ¿qué me va a parecer?

Espero el momento en el que alguien le eche un par de huevos y me llame para decirme expresamente que me meta mi dignidad por el culo y vaya a la entrevista con los pantalones en la mano -por eso siempre voy con vestido, para no tener que bajármelos-. El caso es que el verano ya se va, cosa que agradezco infinitamente porque no puedo con tanto color fucsia y tanta isla paradisiaca y tanta chancla y tanto buen rollo y tanta wayfarer blanca y tanta crisis que sí que no y tanta psicosis con los aviones.
El polisíndeton demuestra mi desidia. La desidia me ahoga y me deja sin aire, como si fuera un pez rojo boqueando; uno de tantos, de esos que ganas en la feria, de esos que olvidas en la pecera después de dos días, de esos que se van por el retrete, como el de Amelie, camino a ninguna parte. Me iría a ninguna parte si supiera dónde queda eso, pero nadie me lo ha contado, así que me quedo dando vueltas en la pecera.

lunes, 18 de agosto de 2008

La vida de los otros

Conozco a Laura desde que yo tenía un año y ella ocho. La estrecha relación de nuestros padres y la proximidad de nuestras casas -entonces y casualmente ahora- nos han convertido en primas putativas.
Su novio, Jordi, que estos días descansa en su tierra, escribe a altas horas en su blog y cuando llego a casa tarde, mientras meto la llave en mi portal, giro la cabeza a la derecha y le suelo ver escribiendo en el ordenador a través de su indiscreto balcón.
Ayer Laura me propuso un plan: "a las 15:30 debajo de mi casa en vaqueros y zapatillas". ¿Vaqueros en verano? Vale. Recordé cuando su padre me decía de niña la ropa que tenía que preparar y la hora a la que me recogería mientras el plan se mantenía en secreto... Al minuto de tocarle al timbre bajó con sus perros, nos metió a los tres en su coche y nos soltó en la Casa de Campo para que corriéramos y descansáramos a la sombra de los árboles. "En otoño Jordi y yo veníamos aquí cada día". Me señaló el árbol que tenía que abrazar para que se llevara todo lo malo y volvimos a su casa.
Me preparó un té bajo en teína -un té en verano- y me senté en el indiscreto balcón, delante del ordenador. Leí el último post de Jordi sentada en su silla -demasiado alta, alguien tenía que haberla descolocado- y la foto que lo ilustraba mostraba el girasol que pude ver a mi izquierda. Ante nosotras, algunos hombres desmontaban el escenario del que él hablaba en ese mismo post y Laura y yo dábamos gracias de que las fiestas acabaran y, por fin, fuésemos a ser capaces de dormir de nuevo.
De vuelta a casa y contenta por el paseo y la compañía, me sentí un poco como aquel espía de la maravillosa peli que da título a este post, viviendo la vida de otros. Y llegué a la conclusión que en la vida de los otros encuentras ejemplos para tu vida, deseos. En este caso pude ver qué es lo que une a dos personas, aunque sólo una de ellas estuviera presente.
Muchas veces me ocurre algo parecido: veo en las historias ajenas cualidades que admiro, por las que siento verdadera envidia sana. Me pasa con la capacidad de H de lograr lo que se propone, la frescura de Bea, la tenacidad de Cris, el sentido del humor de Dani V, las ganas que le pone a todo Dani D, la fortaleza de Aday, la risa de Nano, la creatividad de Edel, la templanza de Carlitos Alegre. La vida de esos otros, aquéllos a los que quiero, me da la vida y me da las ganas. Esta noche prefiero que la vivan ellos por mí, pero prometo que mañana volveré y, desde sus vidas, le daré más razón de ser a la mía y dejaré de preguntarme a qué he venido.

miércoles, 16 de julio de 2008

Un día en mi pasado

Ayer por la mañana fui con mi madre andando al supermercado de toda la vida. Bajamos la cuesta de cuyas paredes yo cogía caracoles con mi abuela, pasamos por las escaleras en las que quedaba con mis ligues de adolescente, por el solar al que iba a coger rosas silvestres.

En el súper vi cómo los estantes siguen dispuestos de la misma manera que hace 12 años, aunque los productos hayan cambiado y las marcas locales hayan ido desapareciedo (creo que lo llaman globalización). Allí nos encontramos con la vecina que ahora tiene esa cruel enfermedad llamada Alzheimer y pude ver cómo sus manos eran idénticas a las de su madre a la que yo iba a visitar cada domingo -en su casa me enteré de la muerte de Dalí cuando aún no había cumplido los ocho y me impactaron aquellos lienzos que aparecían en la pantalla- y que murió con unos 96 años.

Por la tarde di un paseo por la playa de Las Canteras y cada esquina era un recuerdo: la farola que servía de punto de encuentro en aquel 95 en el que todas las tardes me reunía con un grupo sólo de chicos, el concierto en la arena -Sonic Youth- donde probé el alcohol por primera vez, el bar gótico hoy convertido en pizzería, las hogueras de San Juan...

Por la noche salimos a cenar para celebrar el 13 cumpleaños de mi sobrino. El restaurante era nuevo para mí, el aire acondicionado estaba demasiado fuerte y la conversación giró en torno al viaje de mi hermano a Pamplona con motivo de los sanfermines. Ya conocéis mi postura sobre los espectáculos taurinos, pero lo que no sabéis es que mi familia tiene ideas opuestas a las mías. Mantuve mi silencio hasta que salió el tema de los antitaurinos, piojosos y porreros todos; me di por aludida y defendí la postura de los que estamos en contra.

Lo cierto es que ayer me di cuenta de que todo cambia, pero sólo por fuera: en esa cuesta ya no hay caracoles, ya no crecen rosas en ese solar hoy vallado y los conciertos y hogueras en la playa están ahora prohibidos, pero si te fijas bien, siempre puedes entrever la antigua realidad.

Y es que cuando era adolescente me decían que cambiaría, que mi actitud ante la Iglesia o los animales, por ejemplo, era pura rebeldía, que no sería así toda la vida. Yo ya no visto de negro ni llevo el pelo violeta, pero sigo teniendo los mismos ideales. Quizás sea una muestra de inmadurez o de utópica fantasía, pero no creo. Sigo pensando que durante estos años no he hecho más que cultivar unas ideas que considero inherentes a mi persona. Y hoy no soy rebelde, sino inconformista. Soy una aspirante a luchadora, desde detrás de una pantalla o desde una calle abarrotada de gente con pancartas. Y tecleo esto con los pies: con una mano me lío un porro y con la otra me quito los piojos.